Nunca fui fanática de Mafalda. En la infancia me incliné — por culpa de la pésima distribución de publicaciones en la provincia venezolana— por suplementos que hoy casi me vergüenza recordar: Archie, Susy, los Picapiedras y Condorito. Pero eso no viene al caso.Algo me unía a Mafalda y era nuestro profundo odio por la sopa. Odio que aún perdura y que sólo aplaca a veces el cuento de que soy periodista y gourmet y que debo comer de todo y etc.
La gran Mafalda, del gran Quino, está cumpliendo hoy 46 años, noticia reseñada en el mundo entero. Si bien la historieta alcanzó apenas nueve años de vida en el mundo impreso —diez libros publicados y 1.918 tiras— y otros tantos en los audiovisuales, perdura como un ícono de la cultura popular latinoamericana y como parte de la memoria y desmemoria de quienes tenemos “casi” la edad de Mafalda.

Tuvieron que pasar muchos años para que me enterara de que Mafalda odiaba una sopa metafórica, que en realidad el suyo era un aborrecimiento por los regímenes militares: "es la sopita que había que tragarse siempre", dijo Quino alguna vez.
Pues con más razón, hoy celebro a Mafalda y reitero mi odio por la sopa y esa “sopita” que ojalá no debamos tragar nunca más.
Pues con más razón, hoy celebro a Mafalda y reitero mi odio por la sopa y esa “sopita” que ojalá no debamos tragar nunca más.

































