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sábado, 3 de julio de 2010

Una pannacota, DOS CUCHARILLAS

Obra Nir Adarn, chef neoyorkino, estilista culinario y artista (Su página)

Nada tan venezolano
como esa confianza que admite
introducir el tenedor propio en el plato ajeno.
Bien sea en casa,
en restaurantes de muchos cubiertos
o en mesones poco encumbrados,
es costumbre deliciosa probar
lo que come o bebe el otro.
Y es que uno quiere degustarlo todo,
pedir el menú completo,
y como no se debe, no se puede,
sólo queda la opción de la camaradería,
de la ausencia de asco,
de la profunda certeza que otorgan los goces.

Compartir bocado
es acoger una cercanía, una complicidad.
Es decirle al otro “yo te acepto todo,
con tu intimidad, tu cuerpo amplio,
con lo que guardas, ocultas y respondes”.

El bocado del plato vecino sabe a gloria.
Es prueba de que un montón de escollos
han sido desabotonados,
que muchas palabras sobran,
que una verdad se ha instalado,
que en adelante prevalecerá la memoria,
el deleite, una próxima vez.

Nada más dulce y seductor,
que el vecino de mesa, voluntariamente,
te acerque su humeante sopa de vainitas
y te diga “tienes que probar, está buenísima”.
Y te insista y te mire y te desnude
y te ofrezca su propia cuchara, su historia, lo demás.

Claro, el tribal rito no es por todos admitido.
Recuerdo un almuerzo
compartido con dos muy queridos amigos.
Todos pedimos pasta y, sin duda,
yo moría por probar las otras opciones.
El amigo y yo no dudamos y sin que mediaran adjetivos
zambullimos el tenedor en la delicia ajena.
Pero la amiga cubrió el plato con sus manos
y advirtió: “a mi no me gusta eso”.
Lástima, sus Tortelonis se veían bien.

Cuando hace una semana
varias amigas periodistas
fuimos al Café del Establo,
estaba claro desde el principio
que pediríamos varios platillos,
que lo compartiríamos todo:
los Bollos pelones, el Foundue de queso, la Pizca,
la tarde, la risa, la brisa de ese ancho festín.

También recuerdo que en mis días
en la Revista Exceso el tema de la “probadera”
revestía un carácter “excesivo”,
era una suerte de orgía a veces avasallante.
Llegó un momento en que muchos llevaban
más comida de la que podían ingerir
porque sabían que al menos
media docena de tenedores
caerían en picada sobre los Tupperware.
También ocurría que la comida del otro
era tanto más apetecible,
que intercambiábamos el envase completo,
recién sacado del microondas.
Y no fueron pocas las veces que canjeé
mi pulcra comida casera de la Gran Rosa
por un par de perros calientes
recién venidos de la Esquina de Pajaritos.

En las salidas con mis compañeros del NMI
hay un acuerdo tácito,
impuesto hace años por el más glotón:
podemos paladear “un poquito” del primer plato,
pero el postre es intocable, solitario, egoísta.
Y hay que ver lo paradisiaco
que es acompasar dos cucharillas
en el respingado vaso de una Panacota con chocolate
y comérsela hasta el fondito,
sin dudas, sin máscaras,
como si lo hubiésemos hecho en otra vida,
con el corazón y los pendientes deseos en paz.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Ascos DE FAMILIA

No siempre la magdalena
que nos devuelve de golpe y porrazo a la infancia
sabe a bizcocho aromatizado con limón
como en la inmensa novela
En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

A veces la memoria no se remoja en té
sino en sabores dramáticos, inescrutables, repulsivos.
Y queda admitir que esos regustos son nuestra esencia,
nuestra más genuina memoria gustativa
y quién sabe si lo último que roguemos comer ante la parca.

A mi me devuelven a la infancia mandocas, queso palmita,
guineos, cepillados de coco y quesillos de piña,
pero también platillos 
que no me atrevo a servir en mi casa:

Sesos en mantequilla: Manojos de sesos vacunos
llevados a la sartén con mantequilla, 
cebolla, perejil y pimienta,
seguramente imposición francesa de mi padre
que mi madre maracucha asumió rápidamente
con certezas de fineza y salud.
Confieso que de adulta los he comido un par de veces
y solo en Le Coq D’Or.
“Es bueno para el estudio”, me decían.

Lengua guisada: El carnoso órgano era cocido por horas 
—a veces en olla de presión—
que impregnaban la casa 
de un aroma entre grasoso y férreo.
Luego se sumergía la enorme “sin hueso” 
en un bien provisto guisoy se cortaba en rodajas 
que iban al plato sobre una cama de arroz.
Hoy sólo me atrevo a récipes más refinados, 
con vino, a la vinagreta.
“Es bueno para el estudio”, me decían.

Cuellos de pollo rellenos: Receta típicamente ashkenazí,
vástago de la pobreza centro europea de otrora
y que sigue pareciéndome un auténtico y festivo manjar.
Nadie las hacía como mi abuela paterna.
Los pescuezos se rellenan con una masa formada
por la grasa del pollo, harina, cebolla picada,
ajo, perejil, sal y pimienta.
Tras el delicado relleno de los cuellos 
las puntas se cosen con pabilo
para que nada se desparrame en el caldo de la cocción.
A cada quien puede tocar un cuello entero
o se rebanan todos y se sirven en una bandeja.
“Es bueno para el estudio”, me repetían.

Gefilte fish: Infaltable en cualquier festividad judía.
Su traducción es “pescado relleno”.
Otra receta pobre que atravesó el océano.
Son unas bolitas hechas con una masa de pescado
—lo ideal es juntar dos tipos, mejor con merluza—
mezcladas con cebolla y puestas a hervir
en un caldo de pescado con zanahorias.
El tema que las aleja de algunos comensales
es que son dulces y se comen frías
en medio de la gelatina 
que ha formado la cabeza del pescado.
Las mejores son las de mi papá, claro.
Y, obviamente, son “muy buenas para el estudio”.

Hígado: En sus variantes de pollo y de res 
me siguen gustando.
El de pollo molido con cebollita frita, casi un páté lustroso.
Y el de res, encebollado, claro, no demasiado cocido.
Lástima que tan mal se hable 
de estas y otras feas vísceras .

Estos y tantos otros incompartibles sabores
guarda el “inmenso edificio” de mi memoria.
Temo que por asumirlo con tanta insensatez
no pasarán de ser evocación, descarada o triste añoranza,
y por consiguiente tradición para siempre extraviada.

Ojalá tenga razón Proust:
"Cuando nada más subsiste del pasado, después que la gente ha muerto, después que las cosas se han roto y desparramado... el perfume y el sabor de las cosas permanecen en equilibrio mucho tiempo, como almas... resistiendo tenazmente, en pequeñas y casi impalpables gotas de su esencia, el inmenso edificio de la memoria”.