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miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cronica de BUENOS AIRES (y 11)

Un final tinto


No me gusta viajar, pero me gusta volver.
Wislawa Szymborska


Un viaje no acaba cuando acaba.
Se queda en la piel,
en el desorden de unas maletas a medio recoger.

El regreso puede perdurar días, meses,
dependiendo de la intensidad de las nostalgias
y el agobio de la realidad.

Buenos Aires sigue revoloteando
entre el montón de libros que compré,
las fotos que continuo mostrando a los amigos
y viendo en obstinada soledad.
También en lo que escribo.
Y en los amigos que me espesan la saudade.

Quizá el viaje a Buenos Aires
dejó de gotear sus rastros de sueño
el día en que descorché el único vino que traje.

Lo compré en el aeropuerto,
como si fuera un hallazgo, una intuición,
un “me da la gana” a las seis de la mañana.
Era un Clos de los Siete,
firmado por el francés Michel Rolland,
uno de los enólogos más renombrados del mundo,
adorado por unos, repudiado por no pocos,
gurú de grandes bodegas
—asesora a más de cien en el planeta—
y padre de la malquerida globalización del vino.
Rolland, enamorado del Valle de Uco,
forjó en Mendoza junto a otros seis osados empresarios
lo que se describe como
“un emprendimiento millonario
rodeado de chacras de perales,
cerezos y durazneros al pie de los Andes”. (El Clarín, 2006)

No sé si adquirí el mejor caldo del emporio,
pero me supo a gloria y a final feliz.
Solo luego descubrí que tiene sus puntos
en la guía de Robert Parker,
que la del 2008 es la séptima cosecha de los Siete —¿cábala?—
y que una nota de mi muy admirado Miguel Brasco
en la revista La Nación lo recomienda así:
“un virtuoso blend de aromas cálidos,
muy que te acarician, algo introvertidos.
Paladar liviano, bien envuelto y placentero.
Superatractiva propuesta para acompañar carnes rojas
grilladas por Gastón en la Cabrera.
La segunda copa seduce, la tercera no alcanza”.

En fin, me lo bebí, ya no existe.
Solo queda el viaje, la botella en una repisa,
Buenos Aires y una tremenda nostalgia.

Para leer entrevistas con Michel Roland:
Vinos & Sabores Revista
Vinos en Buenos Aires

viernes, 10 de septiembre de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (10)

Facturitas para desayuno o merienda


Me costó acostumbrarme a que las Facturas no fuesen papeles con varias copias cuyo exclusivo fin es mostrar un monto que se adeuda. Eso de ir a comprar Facturitas y regresar con un cargamento de maravillas azucaradas forma parte de las volteretas lingüísticas que los viajes trazan en la memoria.
Las Facturas son uno de las tantos aportes que la inmigración ha sembrado en Argentina. En ese caso su genealogía es plenamente alemana (viene de los Krapfen) y sus ingredientes han ido admitiendo la idiosincrasia palativa sureña, como el dulce de leche o el dulce de membrillo, amén de crema pastelera y azúcar espolvoreada.
Las Facturas se venden individuales o por docena. En muchas cafeterías sirven combos que incluyen un café —o te o mate— y dos o tres facturas, algunas de cuyos nombres nacidos a principios del siglo XX de la mano de obreros burlones de las instituciones policiales fueron bautizadas como cañoncillos, pañuelitos o vigilantes.
Las más solicitadas, sin duda, son las medialunas, que pueden ser simples —de manteca— o acarameladas o empolvadas con azúcar tamizada, como una dama japonesa que se prepara para salir a la tarde invernal.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Crónica de Buenos Aires (9)

Delicias imantadas
He intentado recordar cuántas veces he pedido telefónicamente que me traigan comida a casa y la verdad es que se me ha hecho difícil tarea. Quizá un par de veces llegó a mis puertas una moto con las infames pizzas de Domino’s o Papa Jones y algún chino a cuenta y riesgo. También en la era precámbrica de mi adultez capitalina un Sushi Delivery. Pero hoy en Caracas es dificilísimo que un restaurante lleve buenos condumios a casa. Pues eso me encantó de Buenos Aires: cualquier restaurante, bueno o malo, grande o pequeño, tiene servicio de “Delivery” sin tragedias ni preguntaderas. Uno llama, pide, da un teléfono, dirección y ya está. Confían en uno. A nadie se le ocurre que habrá una llamada fantasma. Y esa comida llega con prontitud, calientita, en maravillosos envases de anime o plástico o aluminio, desde ensaladas, pizzas y pastas, hasta gruesos filetes de carne o pescado. Y hasta más barato que comer en el restaurante es. Llegué a ver en las calles mesoneros portando inmensas bandejas con café humeante y facturitas que seguro iban a puertas vecinas a la cafetería.
Una amiga me recomendó antes del viaje —en su amabilidad trasplantada a un lenguaje que desde aquí percibí absolutamente críptico— que fuera pidiendo imanes en los restaurantes cercanos al apartamento donde me quedé. Casi al final del viaje fue que comprendí que los restaurantes, en vez de dar una tarjetita de cartón con sus datos y especialidades, regalan una publicidad imantada para aparcarla en la puertas de la “heladera”. Entendí y caso hice, lástima que, agradecida como estuve ante las bondades del equipamiento de aquel apartamento y pensando en futuros huéspedes, dejé esos imanes olvidados junto a algunas manzanas y garrafón de agua sin abrir.
Los imanes de restaurantes porteños echaron por la borda mi atávica repulsión por las neveras tapizadas de cursis recuerditos de viaje. Me los hubiese traído y me recordarían por un tiempo las maravillas de una urbe cosmopolita. En mi nevera, por ahora, solo dejo subsistir un imán traído del Louvre: Eros y Psique, la maravillosa escultura de Antonio Canova.

martes, 31 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (8)

Café escoltado

En Buenos Aires un café jamás está solo.

Llega a la mesa en bella taza,

siempre acompañado por una galleta casera,

un paquetico con alfajor o chocolate.

Y agua.

Nunca sirven el café sin un vasito de agua.

Y a través de esos pequeños detalles

uno se sumerge en el verdadero sentido de la hospitalidad.

Así viajan al alma los aromas y sabores

de un cortado, un mitad y mitad,

un café con crema,

y mi preferido, con lágrima.

domingo, 29 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (7)

Ligia Piro con vino y libros


Este no fue un viaje de obras de teatro, espectáculos y salones de baile. Fue un viaje de familia. Pero una noche, ya casi antes del regreso, escapamos a Clásica y Moderna Libros, más restaurante y bar que librería, con una mezcla que hace de la noche una ricura para todos los sentidos.
El lugar tiene setenta años, posee muchos reconocimientos, entre ellos una declaratoria como Sitio de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


Esa noche se presentaba Ligia Piro, acompañada por Pablo Motta (contrabajo), Javier Martínez (batería) y Diego Schissi (piano, arreglos y dirección musical). Interpretó parte de su repertorio habitual, que incluye jazz, bossa nova, tango, bolero y hasta un par de canciones venezolanas, una de Henry Martínez y un joropo hermosísimo adobado con jazz. Piro está a punto de dar a luz, salió con su barrigota hermosa, un ánimo y un vozarrón envidiables. Contó historias propias y ajenas, habló de discos que desaparecían en la continuas mudanzas de la familia —es hija de la célebre actriz y cantante Susana Rinaldi— y de algunos que ella mismo hizo extraviar para que fuesen suyos y para siempre.
¿La comida de aquella noche memorable? Fue lo de menos. Un vino y una tabla de quesos y fiambres. Sólo eso. Antes de comenzar el espectáculo me hice camino entre las apretadas mesas hasta la librería, llena de joyas recién publicadas. Compré la nueva novela del premio Nobel J.M.G. Le Clézio, La música del hambre, título seductor para esa velada y las que luego vendrían, de lectura, sosiego y remembranza.
Esta versión del Negro Bembón —original de Bobby Capó y aquí con Daniel Maza — me encantó y se ha quedado conmigo.

sábado, 28 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (6)

Del diario
de Alejandra Pizarnik


Dibujo de Alejandra Pizarnik
(enviado al pintor y escritor Antonio Beneyto)



Hoy no hay deseo ni escritura, sólo un ánimo de regreso, reposo, memoria. Y una frase ajena:

«¿Qué tienen los viajes que producen tanta alegría? Aún el más breve sugiere algo a modo de renovación, o de muerte».

Alejandra Pizarnik

viernes, 27 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (5)

Mantecol día y noche

Cada vez que se puede, encargo a Israel una barra de Halva (pasta de ajonjolí, que puede producirse con semolina, girasol u otros frutos secos). Cuando nadie de mi confianza viaja al Medio Oriente, compro la altamente calórica y grasosa delicia en tiendas árabes. Pero en un viaje reciente de mi amiga Liliana Lara a Venezuela me dijo: “si tanto te gusta el Halva, tienes que probar el Mantecol en Argentina”. Y si algo soy en materia gastronómica es obedientísima.
En el primer quiosco que se me atravesó en Buenos Aires pedí como toda una aldeana Mantecol. Compré una tímida barrita, después la exigiría más grande y finalmente busqué varias de 250 gramos. Por desgracia solo ahora, a través de la web, me entero de que existe un tobo de 8 kilos. Me lo hubiese traído…
El Mantecol es la golosina nacional argentina por excelencia. Se fabrica desde 1940, cuando fuera patentado por Miguel Georgalos, inmigrante griego que, justamente, en su añoranza del Halva, se inventó una fórmula que contiene manteca de maní, cacao, azúcar, clara de huevos y vainilla. La sabrosura del Mantecol ha inmiscuido a la marca en no pocos pleitos comerciales que terminó ser absorbida por Cadbury Stani, filial de la inglesa Cadbury Schweppes.
Pocas noches antes del regreso, descubrí que en la heladería Freddo —justo frente a donde nos quedábamos— hay un helado de Mantecol, pues no son pocos los postres que se preparan con él. Serían entonces varias las noches que concluyeron con medio galón de helado para llevar, y entre chocolate y fresa una buena porción del de Mantecol, con inmenso trozos del turrón veteado.
Ahora mismo me deleito en un pedacito de su “sabor irresistible”, como reza el empaque.

jueves, 26 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (4)

El milagro del Sushi

Era lunes. Todo cerrado. Casi todo, menos el Jardín Japonés, en los bosques de Palermo. Mucho nos habían hablado de él. Un hermoso recorrido entre estanques con enormes peces, flores y puentes, todo cargado de preciso simbolismo y silencio. Allí vi por primera vez un cerezo en flor. Fue creado en 1967 en homenaje a los Príncipes Herederos Akihito y Michiko, que visitaron en esa oportunidad Argentina.

Llegada la hora del hambre, dudamos mucho en si salir del Jardín o comer allí. Nunca suele haber una relación favorable entre los parques y sus recodos de comida. Pero el cansancio y las ganas de sushi nos condujeron al restaurante. Y menos mal que lo hicimos, no tanto por la comida, que resultó aceptable —más no el servicio, pésimo incluso— sino porque en las dos semanas siguientes no nos toparíamos con un solo restaurante japonés. Sabemos que los hay, se les reseñan en las guías cibernéticas y algunos están muy bien puntuados. Pero en la calle, en las grandes avenidas del caminar nocturno, jamás tuvimos la oportunidad de comer sushi. No es que nos importara demasiado, solo nos extrañó, acostumbrados como estamos en Caracas a una globalizada oferta gastronómica y a sushi por doquier, bueno, malo, barato, caro. A decir verdad, no me hubiese caído mal una segunda vez japonesa en Buenos Aires, habría comido menos pastas y pizzas y pizzas y pastas.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (3)

El infaltable Café Tortoni


No podía faltar el Café Tortoni en nuestro recorrido, paradigma porteño —es el más antiguo de Argentina— fundado en 1858 por un inmigrante francés apellidado Touan que tomó el nombre de un establecimiento del Boulevard des Italiens, en el que se reunía la élite de la cultura parisina del siglo XIX.
Una mañana nos levantamos y dije sin pensar demasiado: “desayunemos facturas y chocolate en el Café Tortoni”. Y eso hicimos. Lo que no suponía era que hubiese cola para entrar —mi país me ha hecho aborrecer e incomprender el sentido real de una fila—. Un amabilísimo caballero tomó nota de que éramos tres y esperamos mucho menos de los veinte minutos con que nos había amenazado. Mientras aguardábamos, en plena Avenida de Mayo, mis ilusiones iban desmoronándose. Suponía que adentro habría un gentío, que nos atenderían con excesiva premura, que habría que comer y salir corriendo, que una vez más había caído en las garras de las ficción del turismo globalizado.

Al entrar me volvió el alma al cuerpo. No entendí porqué la espera, había varias mesas vacías —las mismas de roble y mármol de sus orígenes— y un ambiente distendido que habla de una dignidad legendaria, una elegancia sostenida desde la tradición y el respeto al espacio, el público y el sagrado acto de comer. Un mesonero me explicó que no permitían entrar a lo comensales hasta tanto su mesa asignada estuviese recogida y limpia. Con razón se reunía allí la crema y nata de la intelectualidad argentina y foránea: Alfonsina Storni, Benito Quinquela Martín, Carlos Gardel, Baldomero Fernández Moreno, Luigi Pirandello, Federico García Lorca y Arturo Rubinstein entre otros.
Comimos exactamente lo que iba soñando: medias lunas, churros y chocolate caliente. Nadie nos apuró ni impidió tomar fotos y pasear por el local, con sus varios salones destinados aún a actividades literarias y musicales.
En el Salón César Tiempo (también llamado La Peluquería) hallamos sobre una mesita el siguiente poema de Osvaldo Rossler que bien describe lo que debió ser para muchos un envidiable rato de escritura en el Tortoni:

Escribo desde un bar, desde una mesa
con tajos, quemaduras,
manchas de suciedad antigua.
Es una mesa de madera,
es una mesa de silencio,
es una mesa hecha de tablas,
con paciencia, con tedio, con rutina,
es una mesa y también
un estado del alma,
es un apoyo más, es un soporte
donde puedo volcar y descansar
del peso de mi cuerpo, los dos brazos,
donde puedo escribir
en medio de la gente, lo de siempre.

martes, 24 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (2)

Carne, carnita, carne...

Un angel caído de pronto en el Cementerio de Recoleta

La angustia de los viajes
obliga a escuchar más de lo debido,
a solicitar compulsivamente datos,
cifras, nombres, rastros, salidas de emergencia.
La conseja colectiva asumía
que a Recoleta, San Telmo y La Boca
solo debía irse un domingo,
por aquello de lo pintoresco, los artesanos,
el gentío que supuestamente acompaña
y dignifica la sensación de ser turista.

Y caso hicimos...

El primer domingo fuimos directo a Recoleta. Nos vigilaba un solazo imprevisto tras la ola polar de días anteriores. Fuimos directo al Cementerio en busca de tumbas de famosos: también aventuras necrológicas había en los planes. Me hice fotos junto al panteón de los Casares, en cuyo fondo debe estar Adolfo Bioy. Luego vimos varias estupendas exposiciones de fotografía en el Centro Cultural (que formaban parte del Festival de la luz) y cuando el hambre nos arrastraba fuimos en pos de la recomendación de una grata pareja de odontólogos —él colombiano, ella argentina— junto a quienes habíamos hecho eterna fila en el mercado Carrefour la noche anterior.

El inquieto Gato Dumás, fallecido en 2004

Un Bife de chorizo, mucho más apetitoso que el que comimos

Llegamos a Clark's dispuestos a ofrendarnos la primera gran comilona del viaje. Carne, mucha carne. Eso queríamos. Y el primer vino serio. El lugar, grato, tenía la referencial magia de haber sido uno de los restaurantes del célebre Alberto “Gato” Dumás. Pero resultó casi un desastre. Una decepción de la que tuvimos toda la culpa. Por no preguntar, por andar de turistas-casi-japoneses, pedimos la infaltable Parrilla argentina, cuando en realidad lo que anhelábamos era un buen lomo, sin grasa, ni morcillas, ni chorizos, ni riñones, ni chinchulines. Aprendimos rápidamente que el Bife de chorizo era exactamente lo que no nos gustaba: carne jugosa del costillar pero con una tira de grasa desagradable que deja poco a los dientes. Total, para ser el primer día igual no estuvo mal y teníamos la certeza de haber cargado con varias docenas de Enno.

Otro domingo...



Llegado el siguiente domingo, quedaba La Boca y San Telmo. La Boca se salva por la Fundación Proa, bello edificio con hermosa terraza, librería y en estos momentos una insípida exposición titulada “Imán: Nueva York”, de artistas argentinos que en los años sesenta vivieron, crearon o interactuaron con la movida artística de la Gran Manzana. Y digo por fortuna porque el impepinable Caminito me resultó excesivamente turístico, algo falso, con poco que envidiar a la barriada de Santa Lucía en Maracaibo. Eso sumado a las advertencias de su alta peligrosidad. Huimos.
Al bajarnos en San Telmo había hambre y queríamos de nuevo carne. Por fin una auténtica carne porteña. Un taxista nos había insistido en que fuéramos a El desnivel —bueno, bonito y barato— y tan ciertas parecían sus bondades, que la cola para tomar una mesa era insoportable. Huimos. Nos adentramos dos minutos después en el primer lugar que nos topamos. Cuando logramos deshacernos de abrigos y agobios, nos dimos cuenta de que era horrendo, que no nos atendían, que la carta ofrecía un solo tipo de carne. Recordé que cargaba conmigo la lista de restaurantes amablemente recomendados por Ileana Matos, Sumito Estévez y Omar Pereney. Y apelamos desesperados a ella. Por suerte el primer restaurante del listín de Sumito quedaba exactamente a la vuelta de la esquina. Y como de mejores lugares me he ido en esta vida, nos levantamos sin vergüenza alguna.



Así llegamos al paraíso: La Brigada (Estados Unidos, 465, justo frente al maravilloso mercado de San Telmo), un restaurante de parrilla elegante, con carta de vinos, ensaladas, familiones de rostro apacible y todos los cortes de carne habidos y por haber. Ahí sí que comimos como los dioses, nos dimos el lujo de un Malbec de la bodega Catena Zapata —servido en bello decantador—, sendos lomitos con papas fritas y una cremosa ensalada Waldorf. Mi carne fue solicitada expresamente “roja, muy roja, sangrante, que haga muuuuu”. Eso para que me entendieran, porque a los argentinos se les da por paladear carnes muy cocidas para mi gusto y mi papá, francés como es, me enseñó que se come casi cruda. Y así me la sirvieron. Perfecta. Estuvimos horas allí, disfrutando de la única comida de ultralujo de todo el viaje. Agradecimos de todo corazón la recomendación de Sumito y por él brindamos un par de veces. Días después, contamos a alguien cercano a Estévez sobre aquella tarde maravillosa, pero rápidamente peló los ojos y nos dijo: “cómo se les ocurre hacerle caso a Sumito, ese es uno de los restaurantes más caros de Buenos Aires, pero sin duda el mejor”. Reímos sin arrepentimientos.
Solo volvimos a comer carne un par de veces más en pequeños restaurantes de Santa Fe, sin ínfulas ni decantadores, pero advirtiendo que por los vientos —podridos y de carencia— que soplan en Venezuela, pudiesen ser aquellas las últimas buenas carnes que comiéramos en mucho tiempo. Ojalá que no.

lunes, 23 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (1)

Por fin la pizza de mis sueños,
en El Cuartito



He estado en Buenos Aires en cuatro oportunidades, pero en ninguna de las tres primeras estuve. Una vez hice escala en Ezeiza rumbo a Río de Janeiro. La segunda vez fui por asuntos de trabajo y me dejaron apenas un día libre que se escurrió en un cursi Day Tour, tres tiendas, una librería y un restaurante de Puerto Madero. La tercera, invitada por Wines of Argentina estuve de paso rumbo a las zonas vitivinícolas del país. Hubo un almuerzo en Palermo y a la vuelta una librería ya no se dónde. Esta vez, entre el 6 y el 22 de agosto, me vengué de tanto intento y me comí, bebí y caminé Buenos Aires por quince maravillosos días que aún bullen en mi piel.
No elaboraré aquí cronologías, no rescataré itinerarios exactos. De hoy en adelante y en quince días, iré apuntando olores, sabores, recodos visitados, ojeadas, sabidos. Para que sirvan a otros. Para que no se me olviden jamás. Para volver a ellos y ser otra y la misma.



Amigos venezolanos me llevaron a El Cuartito (Talcahuano 937), pizzería de obligado peregrinaje de turistas y aldeanos. Fundada en 1934, enorme, con excesiva luz de neón y un baño de esos que a Adriana Morán le parecen lejos, muestra paredes repletas de afiches que relatan la historia del deporte argentino, paisaje que sin embargo no distrae de la esencia del local: sus pizzas y empanadas. Nosotros éramos ocho y pedimos tan solo tres pizzas de las que quedaron todavía cuatro pedazos. Enormes, gruesas, desbordadas de queso e ingredientes.
En El Cuartito cumplí mi sueño —expuesto en un post de antaño— de probar una pizza con huevos. Pero no huevos cocidos sino a medio cocer, con una clara apenas cuajada y una yema que se esparcía sobre el resto del platillo y que había que atajar en su camino al mantel. Es la pizza estrella, lleva el nombre del local. Maravillosa fue también la Fugaza, con mucha cebolla frita. Maravillosos los amigos, sus voces que aún resuenan en mi alma, con sabor a mozzarella y yema tibia.