viernes, 27 de agosto de 2010

Crónica de BUENOS AIRES (5)

Mantecol día y noche

Cada vez que se puede, encargo a Israel una barra de Halva (pasta de ajonjolí, que puede producirse con semolina, girasol u otros frutos secos). Cuando nadie de mi confianza viaja al Medio Oriente, compro la altamente calórica y grasosa delicia en tiendas árabes. Pero en un viaje reciente de mi amiga Liliana Lara a Venezuela me dijo: “si tanto te gusta el Halva, tienes que probar el Mantecol en Argentina”. Y si algo soy en materia gastronómica es obedientísima.
En el primer quiosco que se me atravesó en Buenos Aires pedí como toda una aldeana Mantecol. Compré una tímida barrita, después la exigiría más grande y finalmente busqué varias de 250 gramos. Por desgracia solo ahora, a través de la web, me entero de que existe un tobo de 8 kilos. Me lo hubiese traído…
El Mantecol es la golosina nacional argentina por excelencia. Se fabrica desde 1940, cuando fuera patentado por Miguel Georgalos, inmigrante griego que, justamente, en su añoranza del Halva, se inventó una fórmula que contiene manteca de maní, cacao, azúcar, clara de huevos y vainilla. La sabrosura del Mantecol ha inmiscuido a la marca en no pocos pleitos comerciales que terminó ser absorbida por Cadbury Stani, filial de la inglesa Cadbury Schweppes.
Pocas noches antes del regreso, descubrí que en la heladería Freddo —justo frente a donde nos quedábamos— hay un helado de Mantecol, pues no son pocos los postres que se preparan con él. Serían entonces varias las noches que concluyeron con medio galón de helado para llevar, y entre chocolate y fresa una buena porción del de Mantecol, con inmenso trozos del turrón veteado.
Ahora mismo me deleito en un pedacito de su “sabor irresistible”, como reza el empaque.