
En el primer quiosco que se me atravesó en Buenos Aires pedí como toda una aldeana Mantecol. Compré una tímida barrita, después la exigiría más grande y finalmente busqué varias de 250 gramos. Por desgracia solo ahora, a través de la web, me entero de que existe un tobo de 8 kilos. Me lo hubiese traído…
El Mantecol es la golosina nacional argentina por excelencia. Se fabrica desde 1940, cuando fuera patentado por Miguel Georgalos, inmigrante griego que, justamente, en su añoranza del Halva, se inventó una fórmula que contiene manteca de maní, cacao, azúcar, clara de huevos y vainilla. La sabrosura del Mantecol ha inmiscuido a la marca en no pocos pleitos comerciales que terminó ser absorbida por Cadbury Stani, filial de la inglesa Cadbury Schweppes.
Pocas noches antes del regreso, descubrí que en la heladería Freddo —justo frente a donde nos quedábamos— hay un helado de Mantecol, pues no son pocos los postres que se preparan con él. Serían entonces varias las noches que concluyeron con medio galón de helado para llevar, y entre chocolate y fresa una buena porción del de Mantecol, con inmenso trozos del turrón veteado.
Ahora mismo me deleito en un pedacito de su “sabor irresistible”, como reza el empaque.

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