viernes, 10 de junio de 2011

Dos cantos de Vicente Gerbasi

Del libro Mi padre el inmigrante

Foto tomada en Caracas 1943
De la página http://vicentegerbasi.net./fotosfram.htm


La magistral obra del poeta venezolano Vicente Gerbasi, Mi padre el inmigrante, ha sido reeditada en México por Laberinto Ediciones en su colección Poesía de Largo Aliento. El libro será presentado el próximo domingo 12 de junio a las 11:30 am en la Librería Kalathos de Los Galpones, en Los Chorros, Caracas. Se trata de un merecido homenaje al poeta que el pasado 2 de junio cumplió 98 años de nacido y por quien brindaremos gracias al patrocinio del exquisito vino Castillo de Molina Reserva Shiraz, distribuido en nuestro país por Tamayo & Cía.
Las palabras de presentación estarán a cargo de Gina Saraceni. En nombre de los hijos del poeta, Gonzalo Gerbasi se dirigirá a los presentes y un grupo de escritores leerán fragmentos del libro en italiano y en español, entre ellos Kira Kariakin, Hernán Zamora, Cinzia Ricciuti, Andrés Miguel Rondón, María Teresa Ogliastri, Eleonora Requena, Keila Vall de la Ville, Alexis Romero y Georgina Ramírez.
Como en tanta poesía, en Gerbasi se hallan elementos que nos remiten a la cocina, al vino, a ingredientes para el cuerpo y el alma.

VII
Tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo,
frente al mar con pescadores en la aurora,
levantaba torres y olivos plateados.
Bajaban por el césped los almendros de la primavera,
el labrador como un profeta joven,
y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo.
Y subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas.
Era una pobreza alegre bajo el azul eterno,
con los pequeños vendedores de cerezas en las plazoletas,
con las doncellas en torno a las fuentes
movidas rumorosamente por la brisa de los castaños,
en la penumbra con chispas del herrero,
entre las canciones del carpintero,
entre los fuertes zapatos claveteados,
y en las callejuelas de gastadas piedras,
donde deambulan sombras del purgatorio.
Tu aldea iba sola bajo la luz del día,
con nogales antiguos de sombra taciturna,
a orillas del cerezo, del olmo y de la higuera.
En sus muros de piedra las horas detenían
sus secretos reflejos vespertinos,
y al alma se acercaban las flautas del poniente.
Entre el sol y sus techos volaban las palomas.
Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza.
Tu aldea estaba sola como en la luz de un cuento,
con puentes, con gitanos y hogueras en las noches
de silenciosa nieve.
Desde el azul sereno llamaban las estrellas,
y al fuego familiar, rodeado de leyendas,
venían las navidades,
con pan y miel y vino,
con fuertes montañeses, cabreros, leñadores.
Tu aldea se acercaba a los coros del cielo,
y sus campanas iban hacia las soledades,
donde gimen los pinos en el viento del hielo,
y el tren silbaba en lontananza, hacia los túneles,
hacia las llanuras con búfalos,
hacia las ciudades olorosas a frutas, hacia los puertos,
mientras el mar daba sus brillos lunares,
más allá de las mandolinas,
donde comienzan a perderse las aves migratorias.
Y el mundo palpitaba en tu corazón.
Tú venías de una colina de la Biblia,
desde las ovejas, desde las vendimias,
padre mío, padre de trigo, padre de la pobreza.
Y de mi poesía.

XVIII
Llegaba el día del agua verde,
espesa como un lienzo oscuro con flores.
E1 agua estancada con gérmenes de fiebre,
el agua solitaria, perdida, abandonada,
donde la garza inmóvil se mira en su tristeza.
Y era el día sin pan, el día sin respuesta.
E1 día de los campesinos muertos sobre la yerba reseca.
Y tu vida era de nuevo un regresar,
un regresar hacia días y noches,
hacia el sitio que buscabas en tu desesperación.