domingo, 30 de enero de 2011

Pasión, café y más café

Carbone espresso


En Venezuela beber un café callejero es asunto complicado. Puede uno solicitar al mesonero o en una barra, entre otra cantidad de opciones:

Café con lágrima
Tetero
Con leche clarito
Con leche oscuro
Marrón claro
Marrón oscuro
Marrón ni tan claro ni tan oscuro
Guayoyo
Expresso

Al listín se añaden cafés sofisticados —Machiatto, Café irlandés, etc—servidos en lugares más serenos que una arepera, pero en los que todavía queda la opción del desparpajo de decir: “échemele un poquito más de leche”, “no muy caliente”, “que eche humo”.
Hacer café en Venezuela es un ejercicio de prestidigitación cromática. El café pasa a ser asunto tan extremadamente cotidiano que pierde gracia: es excusa, acto inconciente, pacto socializador, a veces vicio y veneno. Nos acostumbramos al “lo que sea”, “cómo venga”. Pocos reclaman un mal café con la certeza de que habrá muchos otros, quizá mejores, que no hay porqué ser exigentes, que un café es un café es un café.

Hoy, siguiendo la pista a no pocos rumores cibernéticos, me enrumbé hacia la boutique Nino Carbone, de enorme tradición caraqueña. Se dice, se escribe, que allí el hijo del mítico sastre, Pietro Carbone, hizo del café que toda la vida se ha servido a la clientela, una pequeña joyería. Y así es. Tuve la suerte de que él mismo me abriera la puerta y me condujera a la barra ubicada en el fondo de la tienda, donde un sofá Chesterfield propone un rato de paz. El propio Pietro —Master barista— nos sirvió para comenzar un espresso cuya calidad hizo innecesaria azúcar. Luego vino lo que el asumió como un simple Capuccino, pero cuya cremosidad hablaba de secretos, tradición, una Italia lejana dialogando con granos escogidos del mejor café venezolano, tostado bajo su propia supervisión. Por último probamos el llamado Bombón: leche condensada, café y leche en lujosas capas de coctelería.
Soy poco bebedora de café, incluso hace algo de daño al perenne sismo de mis manos. Pese a haber bebido dos tazas, me he sentido muy bien luego: la cafeína en un grano tostado con precisión disminuye su potencia y resalta aromas, sabores, memorias, disfrutes. Y es justamente el tostado del café que consigue Carbone lo que hace de sus preparaciones verdaderas ofrendas para un alma atardecida de ciudad.


A estas horas ya no estoy muy segura de si disfruté más el café o la conversa del barista. O ambos. Si, ambas maravillas se mezclaron abriendo puertas a otra dimensión de la bebida. Pietro Carbone habla como pocos sobre café, su pasión es desbordada y desbordante, por eso quienes han hecho sus cursos de Barismo terminan eufóricos y conformando una suerte de secta del placer que buscan una calma a la que no invitan bebedizos de por ahí.
Nos cuenta el estupendo blog El Gourmet urbano —donde el barista es colaborador fijo— que Pietro Carbone es “licenciado en Administración de la Universidad Metropolitana, con Maestría en Finanzas en esta misma casa de estudios. Trabajó dos años en Pequiven y en la actualidad es Gerente de la tienda Nino Carbone Boutique. Barista graduado en el Istituto Nazionale Espresso Italiano y con una amplia experiencia en importantes hoteles y bares de Milán y Torino. Ofrece servicio de estaciones de café para reuniones, catas y degustaciones”.
Yo tengo mucho más que decir, puedo hablar desde la poesía de una delicia milenaria que en Venezuela maltratamos y que debería, como el vino en Argentina, constituirse en bebida nacional. Pero lejos estamos de sueños y excelencias. Por ahora nos conformamos con quienes si entienden de café y Carbone, sin duda, es uno de ellos.
Artículo recomendado el El Gourmet Urbano: AQUI

Carbone Espresso
Movil: 0058 414 2557707
Tienda: 0058 212 2617044
Email: carbonespresso@gmail.com

Nino Carbone Boutique
6ta avenida, con 3era y 5ta Transversal, Altamira.