jueves, 10 de febrero de 2011

La ¿des-gracia? de ser un Anton Ego

Seudónimos y heterónimos se han usado siempre. Los hay célebres en el periodismo y la literatura. La gastronomía ha echado mano de ellos a la hora de propiciar objetividad y sobre todo para despistar a cocineros y restauradores. Sabemos que publicaciones serias tienen críticos que van de incógnitos a restaurantes y luego escriben con su propio nombre u otro. Siempre hay tras ese gesto enorme sobriedad.
En Venezuela el fenómeno ha sido hasta ahora poco manejado, siempre habiendo quien de la cara, nombre y cédula de identidad. Pero ahora, de pronto, aparece un grupete de enmascarados justicieros que acuden a la figura de un crítico proveniente de una película infantil: Ratatouille. Anton Ego, es un personaje adorable, pero desgarbado, oscuro, que termina cediendo a las condiciones y virtudes de unas ratas cocineras.
En Facebook aparece una docena de Anton Ego, casi todos italianos y con poca actividad. En Venezuela tenemos nuestros propios Anton Ego. Son tres, que quiero suponer mal usados seudónimos de personas distintas:
El primero en aparecer fue el de El blog de Anton Ego FC en julio del 2008. Ha publicado apenas diez notas. Comenzó bien, parecía inteligente, sarcástico, dispuesto a decir verdades sobre los bajos fondos coquinarios venezolanos. Comenzó tirándole piedras a Sumito Estévez. Más tarde se metió con el Cega, con la inauguración del restaurante Astrid y Gastón, con Tomás Fernández y Elías Murciano. Su post estelar fue sobre el Tenedor de Oro 2008, con el cual alcanzó 59 comentarios y un chismorreo que nos llevó a todos los blogueros a señalarnos unos a otros como el atrevido Anton Ego. Muchos creyeron que era yo. Yo creía que era Vanessa Rolfini, no pocos apostamos por la pareja conformada por Mayte Navarro y Alberto Veloz. Pero el blog se silenció el viernes 23 de octubre del 2009 y el asunto no pasó de mera broma, como tantas cosas. Lástima. Desperdició quizá una oportunidad tras haber generado controversia y discusión.
Un segundo Anton Ego, que por su lenguaje no ha de ser el mismo que el del blog, surgió para hacer trizas un reciente artículo de Miro Popic titulado Telecocineros. Este Anton Ego es intolerante e irrespetuoso. Es todo lo que critica de Miro Popic, cuyo texto termina preguntando a los lectores: “Entre el control remoto o los cubiertos, ¿con cuál se quedan ustedes?”, mientras el escudado Anton Ego concluye con una tonta aclaratoria sobre el nombre del canal elgourmet.com.
Un tercer Anton Ego criollo está en Twitter manejando la cuenta de @RestaurantesVE. Sus intenciones en principio parecieran buenas: convertirse en canal para que comensales recomienden restaurantes. Tiene tan sólo 241 seguidores y no ha habido manera de que explique porqué se oculta bajo el ya manido seudónimo del crítico de Ratatouille, pudiendo haber escogido otros más sensatos y serios. Su última respuesta al respecto por mensaje directo fue: “y le repito, si este seudónimo le produce tanto rechazo, con dejar de seguirlo es suficiente”. Da igual seguirlo o no.
Nadie que aclare. Y un seudónimo sólo oscurece. El término “Ego” hace referencia a un concepto freudiano que coloquialmente es exceso de autoestima: “instancia psíquica que se reconoce como yo, parcialmente consciente, que controla la motilidad y media entre los instintos del ello, los ideales del superyó y la realidad del mundo exterior”. (DRAE)
“Anton”, por su parte, tiene varias acepciones en nuestra lengua si se acentúa la “o”. Está la Cochinilla de San Antón: “Mariquita" o "Insecto coleóptero del suborden de los Trímeros, de cuerpo semiesférico, de unos siete milímetros de largo, con antenas engrosadas hacia la punta, cabeza pequeña”; el Mal de San Antón o Fuego de San Antón: “Enfermedad epidémica que hizo grandes estragos desde el siglo X al XVI, la cual consistía en una especie de gangrena precedida y acompañada de ardor abrasador. Era una erisipela maligna”. (DRAE)
En fin, aunque de libertad de expresión se trate, nada bueno hay tras un seudónimo injustificado y tampoco en la escritura de quienes creen una gracia hacerse pasar por Antón Ego, seudónimo de un nombre de por sí falso, que termina siendo caricatura, impostura, fachada un nadie sin credibilidad, máscara de sandeces. Un nada, pues.


1 comentario:

Ivanova dijo...

Bravo Jacqueline por este Texto en su tinta que no tiene desperdicio. A mi juicio, la única manera de hacer aportes sustanciales al discurrir sobre el hecho gastronómico -y todo lo que acontece a su alrededor en nuestro país- es emitiendo opiniones serias, rigurosas, bien expresadas, lúcidas, cultas y pertinentes como este post que regalas a tus lectores entre los que me encuentro.