domingo, 19 de agosto de 2012

Danubio y el chef pastelero asesinado


Tres balas a la dulzura
©Jacqueline Goldberg


En río Danubio, por el fotógrafo húngaro Zoltán Balogh

¿Qué tienen en común tres balas
y un Profiterol de chocolate?

¿Qué hace coincidir una crema chantilly
con un charco de sangre?

En mi país crimen y gastronomía
no son sañas de Agatha Christie.

En la madrugada del sábado
fue asesinado Gonzalo Rafael Salazar,
chef de la pastelería Danubio,
una de las más tradicionales de Caracas.
Llevaba una veintena de años
horneando la tarde de los solitarios,
de señoras y niños ansiosos.

»Cuando se escucharon los disparos,
un vecino que reside en el mismo edificio
se asomo por la ventana
y solo alcanzo a ver el cuerpo de Salazar tendido en la calle.
El maestro pastelero llegaba a su residencia,
conduciendo su camioneta Hyundai, modelo Tucson, de color negro.
Cuando ingresaba al estacionamiento del edifico,
fue sorprendido por delincuentes armados,
quienes le dispararon para robarle el vehículo.
Luego de herirlo, los delincuentes bajaron a la víctima
y la arrojaron en la calle para huir en la camioneta
y otro vehículo en el que llegaron al lugar»,
señaló la prensa.

Quién sabe cuántas veces pensó el chef pastelero
en el río que daba nombre a sus faenas de dulzura.
Nadie le dijo que ese largo cauce y él mismo
desembocarían en el mar negro.

viernes, 17 de agosto de 2012

¿Y si no existieran restaurantes?


El indeseado hervidero de un restaurante
©Jacqueline Goldberg



Retrato de Suzanne Valadon, de Toulouse-Lautrec



“Las salidas a comer tienen una larga historia.
Había ya tabernas en el año 1700 a. J.C.
Se han encontrado pruebas de la existencia
de un comedor público en Egipto en el año 512 a. J.C.
que tenían un menú limitado,
solo servían un plato preparado
con cereales, aves salvajes y cebolla”.

A veces me pregunto
cuán inapropiado es salir a comer,
cuán invasivo un restaurante.

Se pretende ejercer uno de los actos más íntimos del cuerpo
en medio de un montón de desconocidos.

Al comer hacemos ruidos,
provoca abrir la boca más de la cuenta,
pasarse la lengua por los dientes,
eructar a placer,
no limpiarse compulsivamente las comisuras,
desamarrar incluso una flatulencia.

Y estás en un escenario que exige modales,
bajar la voz para que los comensales de la mesa de al lado
no se enteren de tu vida.

Ir a un restaurante implica una socialización
no siempre deseada.

No por nada hay comederos con salas privadas,
recodos oscuros, cortinas,
ausencia de mesoneros.
Restaurantes donde se come con los ojos vendados.

Con los siglos algunos van siendo más sociales,
otros nos hacemos ermitaños
y entre nuestros sueños ocurre
un restaurante de soledades,
donde el cuerpo se exprese a su antojo,
quizá tal como lo hace en el hogar
o en la intimidad de un baño.

¿Escatología?

Finalmente comer e ir al baño son placeres
que no admiten público,
si acaso espejos para mirarse más allá.

¿Llegará ese restaurante
donde ninguna palabra medie
entre nombrar manjares y comer,
donde nadie mire, escuche ni proponga?
¿Un restaurante,
sin gramáticas ni cobijos?
¿El restaurante del absoluto vacío?

Yo misma nada sé.
Se trata de un salvaje anhelo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Julia Child: cien años en la memoria

Un tributo de palabras y miradas

Cambiante como son los fogones en la historia, no es común que se recuerde con pasión a una cocinera, escritora y protagonista de viejos programas culinarios televisivos. Pero hoy Julia Child ha conseguido lo que pocos, ser el de doodle de Google y reaparecer en más de 170.000 resultados del buscador.
Mucho se ha dicho hoy, desde la sabiduría y el corazón, desde sus libros, la cocina y la película que cuenta su historia y nos recordó cuán particular y fea era su voz. No seré yo quién la explique mejor, más allá de recordar que revolucionó la cocina estadounidense al introducir las técnicas de la entonces sofisticada cocina francesa.
Como homenaje, dejo una galería de fotos y frases de la gran Julia Child (15 de agosto de 1912, Pasadena /13 de agosto de 2004, Montecito, California).



 “Estoy en contra de todo lo que priva a las personas de los placeres de la mesa” 

“La vida por sí misma es una auténtica comilona”


“El único momento para comer comida dietética es mientras estás esperando la carne para cocinar”

“El único obstáculo real es el miedo al fracaso. En la cocina hay que tener una actitud del infierno”

“Nunca vas a saber todo acerca de cualquier cosa, especialmente sobre lo que amas”

“Si tienes miedo de la mantequilla, usa crema”
 “Este es mi principal consejo a la gente: Aprende a cocinar, prueba nuevas recetas, aprende de tus errores, no tengas miedo, y sobre todo diviértete”







“Prueba de funcionamiento ... todo es teoría hasta que veas por ti mismo si algo funciona o no”

“Una vez que hayas dominado la técnica, apenas tendrás que mirar la receta de nuevo” 
 “Estamos tan perplejos ante nuestra propia trampa, que somos incapaces de ver las cosas objetivamente”
“Hemos tenido un matrimonio feliz porque estábamos juntos todo el tiempo” 

“Éramos amigos, así como marido y mujer. Sólo la pasábamos muy bien”





 “Tenía treinta y siete años y todavía seguía descubriendo quién era yo”
 “Uno de los secretos y placeres, de la cocina es aprender a corregir algo si sale mal, y una de las lecciones es sonreír y aguantar si no se puede arreglar”
  “Nadie nace un gran cocinero, 
se aprende intentando” 

Fuente de las frases de Child: Elcivico.com 

martes, 14 de agosto de 2012

Tres poemas inéditos

De un libro en cocción
©Jacqueline Goldberg

Brooklyn, 1947 © Cartier-Bresson / Magnum


( )
la familia ha sido convocada
en torno a un estofado de codornices

cubrimos las descabezadas avecillas
con salsa de caramelo y laurel
discutimos sobre manglares

de pronto 
guiada por la ventisca
una serpiente emerge del lavaplatos

la tomamos por la cabeza
mi hermano le da un hachazo

cocinamos gruesos filetes
en el caramelo quemante

volvemos a la mesa 
hablamos de parientes alados y enfermos


( )
se habla de postres vertidos
en cálices de cristal de Baccarat
con aguamarinas de ochenta kilates
infusiones de oro
vainilla ahumada de Madagascar

se presume de un Brownie de New Jersey
recubierto de avellanas caramelizadas
con raro vino de Quinta do Noval 1996 
pulverizado en la lengua antes de cada bocado 

así el goce de los improperios
para luego ensalivarlos
tragarlos 
excretarlos 
olvidarlos


( )
quien come ojos
termina entrando a ciegas

son digeribles
ojos de vaca
de buey
de pescado
de rana
de erizo
de calamar

humanas pupilas han de ser agrias
han visto demasiado

viernes, 10 de agosto de 2012

También Jabès

Edmond Jabès
Diario de Sara I


Foto: Bernard Carrère


4 de mayo
Mi sueño leve, mi sueño de corcho tapona mi vida.
Una botella al mar.

19 de julio
Partir el pan de los demás para los demás. El mío es pan duro.

jueves, 9 de agosto de 2012

Breve antología

Del decir y la cocina


Foto: Susana Arwas, del libro Sabores conversos



De la olla del lenguaje que aprendimos bajo lágrimas, 
nos alimentamos.

Nelly Sachs



Midamos la derrota
en términos de pan y carne.

H.D.



¡Alimentos!
¡Cuento con vosotros, alimentos!
Mi hambre no claudicará a mitad de camino;
sólo callará cuando esté satisfecha,
Las reconvenciones no lograrán acabar con ella
y con las privaciones sólo pude alimentar mi alma.

André Gide

miércoles, 8 de agosto de 2012

Vino y poesía

Un poema de Rafael Cadenas
(De su más reciente libro Sobre abierto)

Foto: Efrén Hernández




Escritura.
Un vino
           como ala
al sol.



Sobre abierto. 
Madrid, Buenos Aires, Valencia, 2012

lunes, 6 de agosto de 2012

Regiones de Venezuela

Un vistazo a la cocina de Caracas
© Jacqueline Goldberg

A diferencia del resto de las regiones venezolanas y por increíble que parezca, no existe hoy en Caracas un restaurante donde degustar todos y cada uno los platillos emblemáticos de la cocina caraqueña. La restauración capitalina, cosmopolita y multisápida por excelencia, ha preferido indagar en aquellas culinarias foráneas o criollas que no suelen prepararse en el ámbito doméstico.
La cocina caraqueña es obra de míticas mujeres, tradiciones orales, recuerdos y sabores provenientes de la época colonial, cuando se asentó el entrevero de influencias indígenas, españolas y africanas. Es esa llamada “cocina mantuana”, siempre hecha en casa, la que se ha transmitido de generación en generación y que con mínimas modificaciones llega a nuestros días. La misma puede atajarse hoy en fragmentos en unos pocos restaurantes y, sobre todo, en el Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA), donde se han dedicado con esmerado rigor al estudio y degustación de una cocina representativa de la urbe fundada por Diego de Losada en 1567.
La preocupación por rescatar de un posible olvido y de las garras de la premura cotidiana aquellas fórmulas de auténtica impronta caraqueña, condujo a Armando Scannone a publicar en 1982 su imprescindible libro Mi cocina, a la manera de Caracas, que por primera vez sistematizó una cocina que se hallaba dispersa, estandarizando todas las medidas de una manera práctica y estableciendo un método para llevar a cabo una receta. Ese libro rojo de Scannone reitera que cocina caraqueña ya no solo es la creada en la ciudad sino también aquella de origen extranjero que el paladar local ha adoptado sin resquemores.

Suculencias de consabida oriundez
Muchas preparaciones hoy aceptadas como simplemente venezolanas, tiene su comprobado origen en Caracas, como son la Hallaca, que data del siglo XVII y se comía en toda época del año; el Pabellón criollo, cuyos ingredientes eran estimados por separado y se comenzaron a degustar juntos en el siglo XX; y el Pan de jamón, producto del descuido de un panadero que en pleno ajetreo decembrino dejó caer jamón de pierna a su pan, que se hizo famoso y comenzó formalmente a confeccionarse a partir de 1905, según una investigación de Miro Popic.
Son asimismo forjadores de una identidad netamente caraqueña en bistec encebollado, la polenta de jojoto, la Lengua en salsa, la Reina pepiada, el Ponche crema, los caratos, el Funche con salsa ragú y el Pavo relleno. Y otros:

Olleta de gallo
Ya Francisco de Miranda en 1806, al asaltar las costas de Coro, recordaba entre los platos de su infancia la Olleta de gallo, que en 1876 formaba parte del menú de restaurantes como El Louvre. Hoy la receta permite la utilización de carne gallo, pato, rabo de res o cerdo, pero dice la cultura popular que la efectividad del manjar original reside en el uso de un gallo muy negro. Es un plato que exige mucho tiempo de preparación, por lo que se prepara en dos días. El primero se hace el caldo, que se refrigera para emplearlo al día siguiente como base para la sopa propiamente, entre cuyos ingredientes resalta el agua de maiz pilado, cebollín, céleri, papelón, vino dulce, encurtidos de mostaza, salsa inglesa, salsa picante, aceitunas, alcaparras y un sofrito consistente.

Asado negro
Dicen que el origen de este plato, como el de tantos otros, es casual: a alguien se le quemó el estofado y en busca de socorros cubridores utilizó papelón. El caso es que este platillo infaltable en los hogares de la zona central del país, debe su encanto al uso del muchacho redondo, la imposición del sabor dulzón del papelón que carameliza la carne y su presentación en rodajas.

Polvorosa de pollo
Es el plato “mantuano” por excelencia. Su masa dulzona tiene reminiscencias del pastel ibérico, mientras el relleno utiliza el mismo guiso que la Hallaca propia de la zona Metropolitana, es decir, con papelón rallado, vino, aceitunas, alcaparras y con abundantes pasitas y almendras. Su presentación original es en forma de pastel, pero las tendencias actualizadoras prefieren ofrecer el plato en porciones individuales de fácil manejo, montado en moldes propios de “ponquecitos” o en forma de tartaletas rellenas.

Tequeños
Lejos de la muy difundida creencia, el Tequeño no es propio de la población mirandina de Los Teques sino de una zona de Caracas llamada La Sabana del Teque, muy cerca de lo que hoy es Miraflores, donde ya en tiempos de la Independencia una panadería preparaba, entre otros, esta suerte de pastelitos de queso. Hoy pasapalo protagonista de todo sarao que se respete, el Tequeño tiene como gran secreto el uso de un queso blanco, no muy salado, que se derrita y una dorada y crujiente masa. La inquietud propia de los últimos años ha aportado a este abreboca variaciones en su relleno. Son ya célebres los de queso de cabra, los que añaden plátano y hasta salsa napolitana, y aquellos que sustituyen el queso por chocolate.

Torta Bejarana
Fueron las hermanas Bejarano (Magdalena, Eduvigis y Belén) las autoras en el siglo XVIII de esta suculencia de plátano maduro, queso blanco, pan de horno, biscocho de manteca, papelón, clavos, pimienta guayabita, canela, vino dulce y ajonjolí tostado. La Bejarano era una familia parda, es decir, mestizos que fueron adquiriendo posición social y que con la llamada “Cédula de Gracias al Sacar” consiguieron disfrutar mediante un pago de los privilegios asignados a la blancos aristócratas. Cuenta Rafael Cartay en El pan nuestro de cada día que las Bejarano, pese a su fama reposteril, eran constantemente humilladas y que el uso de unos vestidos hechos con bellas telas importadas desató tal protesta entre los nobles de Caracas que hasta el mismísimo Rey de España intervino a favor de las jóvenes, ordenando que “sean tenidas por blancas las Bejarano”. Cuenta Cartay que cuando las hermanas solicitaron después el título de “Doñas”, el rey se negó, aduciendo el conocido dicho “a pesar de ser tenidas por blancas, no son blancas las Bejarano”.

Negro en camisa
El tradicional postre caraqueño, también llamado “Negro rumbero” es seductor desde su nombre. Se trata de un esponjoso bizcocho de chocolate bañado en sutil crema inglesa. Puede degustarse frío o caliente. 


domingo, 5 de agosto de 2012

Post dominguero

El innombrable Tinto de verano

Foto de Miguel Ángel Vicente, de Almozara Fotografía


Los sabihondos desprecian cualquier intromisión en una copa de vino. Y tienen sus razones. Pero el mercado y los agobios estivales dictan pauta. El llamado Tinto de verano orienta muchos pareceres en su España de origen —dicen que fue inventado en la venta Vargas, un bar de carretera de Córdoba—, pero en Venezuela poco sabíamos de esta preparación que mezcla vino tinto, gaseosa transparente (Sprite, Chinoto o 7 Up), hielo y una opcional rodaja de limón.  Y resulta que ahora es moda —sin playa ni sol— en restaurante refinados, polleras y ventas de hamburguesas.
El vino mezclado con gaseosa no es ni tan novedoso ni pecaminoso. Pariente de la Sangría, muchos países se sirve asociado a paisajes y estaciones, sin remordimientos ni ínfulas sibaritas. Se dice que es una manera de disimular los vinos muy jóvenes o muy malos, pero cada vez gusta más, es una estrategia para iniciar a los niños en el vino y de convocar a quienes de plano se niegan a los placeres de la vid. Y la verdad es que quita el sofoco y hace pasar gratas horas en la mesa.
Vino y refrescos de cola tienen sus versiones en Uruguay, donde se llama Cortado; en México Calimocho; en Argentina Bardal; en Brasil Vinhoca; y en Chile Jote. En algunos países de añade Vermout o Martini.
El Tinto de verano pues nada tiene de vulgar si vamos a aquello de que en el vino todo es subjetividad. Se trata, como en todo lo humano, de respeto y tolerancia. Si sumilleres y especialistas denigran de la refrescante bebida, entendido queda y se respeta. Si el ciudadano de a pie —y también algunos conocedores enogastronómicos— gustan de un buen vino de reserva y a veces un Tinto de verano, pues también ha de aceptarse.
El Tinto de verano, a estas alturas de la posible discusión, es una reivindicación del derecho a elegir, de la libertad del paladar y finalmente una prueba de cuan ancho es el mundo. Y si hemos de valorar esta bebida, empecemos por prepararla con un buen vino de precio moderado.


jueves, 2 de agosto de 2012

Extrañezas

Gastronómico
© Raymond Queneau
(Del libro Ejercicios de estilo)


Tras cocerme de tanto esperar bajo un sol como mantequilla negra, acabé subiendo en un autobús de color pistacho en el que los pasajeros bullían como gusanos en un queso pasado. En este plato de merluzas observé un fideo con un cuello largo como un día sin pan y una galleta en la cabeza rodeada por un hilo de cortar mantequilla. Este macarrón rompió a hervir porque una especie de besugo al horno le traía frito exprimiéndole, y le dejaba los pies hechos puré. Pero cesó rápidamente de discutir mandándole a freír espárragos, y se metió en un molde que había quedado vacío. Iba en el autobús de vuelta haciendo la digestión, cuando, delante del restaurante de la estación de Saint-Lazare, volví a ver al mismo pollo asado con un cochinillo que le daba una receta sobre cómo debía aderezarse mejor. El otro estaba vuelto chocolate.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Un poema para la hora primera

Desayuno
© Jacques Prévert




Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso
el impermeable
porque llovía.
se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

martes, 31 de julio de 2012

Sobre desayunos y parentelas

Poema inédito de Gina Saraceni


Fotografia: Lisbeth Salas

El amanecer llega a la casa lentamente.

Nada quiebra el silencio que queda de la noche.

Sólo se oye respirar a los insectos.

El padre y la madre desayunan.

El padre muerde el pan duro,
lo moja en agua y aceite
come la harina espesa de la guerra.

La madre, en cambio,
prefiere la avena y la manzana,
hechas arena al tacto de su lengua.

Ambos comen la corteza
del tiempo que se acaba.
Ese ser dos en la vejez,
aferrados a un ritual
que les devuelve los primeros
paisajes de sus vidas.

Ese ser hijos de lo mismo,
del mismo pan duro que mastican,
sin que la miga ceda
al diente que la muerde.   
          
(Del libro Casa de pisar duro, con el que Gina Saraceni ganó
el XI Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en 2011)

lunes, 30 de julio de 2012

Cine y gastronomía

Hombres al dente


Los hombres siempre están al “dente”. Aún cocidos, ofrecen cierta resistencia. Por eso nunca se sabe, como ocurre con la pasta, si sacarlos del agua hirviente o dejarlos en ella unos segundos más. Y de eso va la película del realizador turco —adoptado por Italia desde 1977— Ferzan Özpetek, Hombres al dente, que en estos momentos se proyecta en Caracas como parte del Festival de Cine Italiano, también titulada en otros lares como Mine vaganti, Loose Cannons y Tengo algo que decirles
Su tema pinta común: una historia de familia, una historia de homosexuales, una historia de historias ocurridas en torno a la vida, los paisajes, los días. Pero lo que me fascinó de esta cinta es que gira en torno a la gastronomía. Y no solo porque la parentela protagonista sea dueña de una fábrica de pastas en Puglia, sino porque todo discurre por y para la mesa, en gloriosos banquetes y terrazas dispuestas al placer.
La verdad se sabe en una cena.
El dolor se padece en la mesa del principio y el final.
La mesa concentra el drama, la comedia, el absurdo.
Esta película se suma, sin demasiadas pretensiones pero con mucho sabor, al listín de películas de corte gastronómico que vamos coleccionando y entre las que al vuelo recordamos El festín de Babette de Gabriel Axel; Vatel dirigida por Roland Joffré; Chocolat por Lasse Hallström; Un toque de canela de Tassos Boulmetis; Entre copas por Alexander Payne; Comer, rezar y amar, por Ryan Murphy; La gran noche por Stanley Tucci y Campbell Scott; Julie & Julia escrita y dirigida por la recientemente fallecida Norah Ephron.