martes, 14 de agosto de 2012

Tres poemas inéditos

De un libro en cocción
©Jacqueline Goldberg

Brooklyn, 1947 © Cartier-Bresson / Magnum


( )
la familia ha sido convocada
en torno a un estofado de codornices

cubrimos las descabezadas avecillas
con salsa de caramelo y laurel
discutimos sobre manglares

de pronto 
guiada por la ventisca
una serpiente emerge del lavaplatos

la tomamos por la cabeza
mi hermano le da un hachazo

cocinamos gruesos filetes
en el caramelo quemante

volvemos a la mesa 
hablamos de parientes alados y enfermos


( )
se habla de postres vertidos
en cálices de cristal de Baccarat
con aguamarinas de ochenta kilates
infusiones de oro
vainilla ahumada de Madagascar

se presume de un Brownie de New Jersey
recubierto de avellanas caramelizadas
con raro vino de Quinta do Noval 1996 
pulverizado en la lengua antes de cada bocado 

así el goce de los improperios
para luego ensalivarlos
tragarlos 
excretarlos 
olvidarlos


( )
quien come ojos
termina entrando a ciegas

son digeribles
ojos de vaca
de buey
de pescado
de rana
de erizo
de calamar

humanas pupilas han de ser agrias
han visto demasiado

viernes, 10 de agosto de 2012

También Jabès

Edmond Jabès
Diario de Sara I


Foto: Bernard Carrère


4 de mayo
Mi sueño leve, mi sueño de corcho tapona mi vida.
Una botella al mar.

19 de julio
Partir el pan de los demás para los demás. El mío es pan duro.

jueves, 9 de agosto de 2012

Breve antología

Del decir y la cocina


Foto: Susana Arwas, del libro Sabores conversos



De la olla del lenguaje que aprendimos bajo lágrimas, 
nos alimentamos.

Nelly Sachs



Midamos la derrota
en términos de pan y carne.

H.D.



¡Alimentos!
¡Cuento con vosotros, alimentos!
Mi hambre no claudicará a mitad de camino;
sólo callará cuando esté satisfecha,
Las reconvenciones no lograrán acabar con ella
y con las privaciones sólo pude alimentar mi alma.

André Gide

miércoles, 8 de agosto de 2012

Vino y poesía

Un poema de Rafael Cadenas
(De su más reciente libro Sobre abierto)

Foto: Efrén Hernández




Escritura.
Un vino
           como ala
al sol.



Sobre abierto. 
Madrid, Buenos Aires, Valencia, 2012

lunes, 6 de agosto de 2012

Regiones de Venezuela

Un vistazo a la cocina de Caracas
© Jacqueline Goldberg

A diferencia del resto de las regiones venezolanas y por increíble que parezca, no existe hoy en Caracas un restaurante donde degustar todos y cada uno los platillos emblemáticos de la cocina caraqueña. La restauración capitalina, cosmopolita y multisápida por excelencia, ha preferido indagar en aquellas culinarias foráneas o criollas que no suelen prepararse en el ámbito doméstico.
La cocina caraqueña es obra de míticas mujeres, tradiciones orales, recuerdos y sabores provenientes de la época colonial, cuando se asentó el entrevero de influencias indígenas, españolas y africanas. Es esa llamada “cocina mantuana”, siempre hecha en casa, la que se ha transmitido de generación en generación y que con mínimas modificaciones llega a nuestros días. La misma puede atajarse hoy en fragmentos en unos pocos restaurantes y, sobre todo, en el Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA), donde se han dedicado con esmerado rigor al estudio y degustación de una cocina representativa de la urbe fundada por Diego de Losada en 1567.
La preocupación por rescatar de un posible olvido y de las garras de la premura cotidiana aquellas fórmulas de auténtica impronta caraqueña, condujo a Armando Scannone a publicar en 1982 su imprescindible libro Mi cocina, a la manera de Caracas, que por primera vez sistematizó una cocina que se hallaba dispersa, estandarizando todas las medidas de una manera práctica y estableciendo un método para llevar a cabo una receta. Ese libro rojo de Scannone reitera que cocina caraqueña ya no solo es la creada en la ciudad sino también aquella de origen extranjero que el paladar local ha adoptado sin resquemores.

Suculencias de consabida oriundez
Muchas preparaciones hoy aceptadas como simplemente venezolanas, tiene su comprobado origen en Caracas, como son la Hallaca, que data del siglo XVII y se comía en toda época del año; el Pabellón criollo, cuyos ingredientes eran estimados por separado y se comenzaron a degustar juntos en el siglo XX; y el Pan de jamón, producto del descuido de un panadero que en pleno ajetreo decembrino dejó caer jamón de pierna a su pan, que se hizo famoso y comenzó formalmente a confeccionarse a partir de 1905, según una investigación de Miro Popic.
Son asimismo forjadores de una identidad netamente caraqueña en bistec encebollado, la polenta de jojoto, la Lengua en salsa, la Reina pepiada, el Ponche crema, los caratos, el Funche con salsa ragú y el Pavo relleno. Y otros:

Olleta de gallo
Ya Francisco de Miranda en 1806, al asaltar las costas de Coro, recordaba entre los platos de su infancia la Olleta de gallo, que en 1876 formaba parte del menú de restaurantes como El Louvre. Hoy la receta permite la utilización de carne gallo, pato, rabo de res o cerdo, pero dice la cultura popular que la efectividad del manjar original reside en el uso de un gallo muy negro. Es un plato que exige mucho tiempo de preparación, por lo que se prepara en dos días. El primero se hace el caldo, que se refrigera para emplearlo al día siguiente como base para la sopa propiamente, entre cuyos ingredientes resalta el agua de maiz pilado, cebollín, céleri, papelón, vino dulce, encurtidos de mostaza, salsa inglesa, salsa picante, aceitunas, alcaparras y un sofrito consistente.

Asado negro
Dicen que el origen de este plato, como el de tantos otros, es casual: a alguien se le quemó el estofado y en busca de socorros cubridores utilizó papelón. El caso es que este platillo infaltable en los hogares de la zona central del país, debe su encanto al uso del muchacho redondo, la imposición del sabor dulzón del papelón que carameliza la carne y su presentación en rodajas.

Polvorosa de pollo
Es el plato “mantuano” por excelencia. Su masa dulzona tiene reminiscencias del pastel ibérico, mientras el relleno utiliza el mismo guiso que la Hallaca propia de la zona Metropolitana, es decir, con papelón rallado, vino, aceitunas, alcaparras y con abundantes pasitas y almendras. Su presentación original es en forma de pastel, pero las tendencias actualizadoras prefieren ofrecer el plato en porciones individuales de fácil manejo, montado en moldes propios de “ponquecitos” o en forma de tartaletas rellenas.

Tequeños
Lejos de la muy difundida creencia, el Tequeño no es propio de la población mirandina de Los Teques sino de una zona de Caracas llamada La Sabana del Teque, muy cerca de lo que hoy es Miraflores, donde ya en tiempos de la Independencia una panadería preparaba, entre otros, esta suerte de pastelitos de queso. Hoy pasapalo protagonista de todo sarao que se respete, el Tequeño tiene como gran secreto el uso de un queso blanco, no muy salado, que se derrita y una dorada y crujiente masa. La inquietud propia de los últimos años ha aportado a este abreboca variaciones en su relleno. Son ya célebres los de queso de cabra, los que añaden plátano y hasta salsa napolitana, y aquellos que sustituyen el queso por chocolate.

Torta Bejarana
Fueron las hermanas Bejarano (Magdalena, Eduvigis y Belén) las autoras en el siglo XVIII de esta suculencia de plátano maduro, queso blanco, pan de horno, biscocho de manteca, papelón, clavos, pimienta guayabita, canela, vino dulce y ajonjolí tostado. La Bejarano era una familia parda, es decir, mestizos que fueron adquiriendo posición social y que con la llamada “Cédula de Gracias al Sacar” consiguieron disfrutar mediante un pago de los privilegios asignados a la blancos aristócratas. Cuenta Rafael Cartay en El pan nuestro de cada día que las Bejarano, pese a su fama reposteril, eran constantemente humilladas y que el uso de unos vestidos hechos con bellas telas importadas desató tal protesta entre los nobles de Caracas que hasta el mismísimo Rey de España intervino a favor de las jóvenes, ordenando que “sean tenidas por blancas las Bejarano”. Cuenta Cartay que cuando las hermanas solicitaron después el título de “Doñas”, el rey se negó, aduciendo el conocido dicho “a pesar de ser tenidas por blancas, no son blancas las Bejarano”.

Negro en camisa
El tradicional postre caraqueño, también llamado “Negro rumbero” es seductor desde su nombre. Se trata de un esponjoso bizcocho de chocolate bañado en sutil crema inglesa. Puede degustarse frío o caliente. 


domingo, 5 de agosto de 2012

Post dominguero

El innombrable Tinto de verano

Foto de Miguel Ángel Vicente, de Almozara Fotografía


Los sabihondos desprecian cualquier intromisión en una copa de vino. Y tienen sus razones. Pero el mercado y los agobios estivales dictan pauta. El llamado Tinto de verano orienta muchos pareceres en su España de origen —dicen que fue inventado en la venta Vargas, un bar de carretera de Córdoba—, pero en Venezuela poco sabíamos de esta preparación que mezcla vino tinto, gaseosa transparente (Sprite, Chinoto o 7 Up), hielo y una opcional rodaja de limón.  Y resulta que ahora es moda —sin playa ni sol— en restaurante refinados, polleras y ventas de hamburguesas.
El vino mezclado con gaseosa no es ni tan novedoso ni pecaminoso. Pariente de la Sangría, muchos países se sirve asociado a paisajes y estaciones, sin remordimientos ni ínfulas sibaritas. Se dice que es una manera de disimular los vinos muy jóvenes o muy malos, pero cada vez gusta más, es una estrategia para iniciar a los niños en el vino y de convocar a quienes de plano se niegan a los placeres de la vid. Y la verdad es que quita el sofoco y hace pasar gratas horas en la mesa.
Vino y refrescos de cola tienen sus versiones en Uruguay, donde se llama Cortado; en México Calimocho; en Argentina Bardal; en Brasil Vinhoca; y en Chile Jote. En algunos países de añade Vermout o Martini.
El Tinto de verano pues nada tiene de vulgar si vamos a aquello de que en el vino todo es subjetividad. Se trata, como en todo lo humano, de respeto y tolerancia. Si sumilleres y especialistas denigran de la refrescante bebida, entendido queda y se respeta. Si el ciudadano de a pie —y también algunos conocedores enogastronómicos— gustan de un buen vino de reserva y a veces un Tinto de verano, pues también ha de aceptarse.
El Tinto de verano, a estas alturas de la posible discusión, es una reivindicación del derecho a elegir, de la libertad del paladar y finalmente una prueba de cuan ancho es el mundo. Y si hemos de valorar esta bebida, empecemos por prepararla con un buen vino de precio moderado.


jueves, 2 de agosto de 2012

Extrañezas

Gastronómico
© Raymond Queneau
(Del libro Ejercicios de estilo)


Tras cocerme de tanto esperar bajo un sol como mantequilla negra, acabé subiendo en un autobús de color pistacho en el que los pasajeros bullían como gusanos en un queso pasado. En este plato de merluzas observé un fideo con un cuello largo como un día sin pan y una galleta en la cabeza rodeada por un hilo de cortar mantequilla. Este macarrón rompió a hervir porque una especie de besugo al horno le traía frito exprimiéndole, y le dejaba los pies hechos puré. Pero cesó rápidamente de discutir mandándole a freír espárragos, y se metió en un molde que había quedado vacío. Iba en el autobús de vuelta haciendo la digestión, cuando, delante del restaurante de la estación de Saint-Lazare, volví a ver al mismo pollo asado con un cochinillo que le daba una receta sobre cómo debía aderezarse mejor. El otro estaba vuelto chocolate.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Un poema para la hora primera

Desayuno
© Jacques Prévert




Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso
el sombrero.
Se puso
el impermeable
porque llovía.
se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

martes, 31 de julio de 2012

Sobre desayunos y parentelas

Poema inédito de Gina Saraceni


Fotografia: Lisbeth Salas

El amanecer llega a la casa lentamente.

Nada quiebra el silencio que queda de la noche.

Sólo se oye respirar a los insectos.

El padre y la madre desayunan.

El padre muerde el pan duro,
lo moja en agua y aceite
come la harina espesa de la guerra.

La madre, en cambio,
prefiere la avena y la manzana,
hechas arena al tacto de su lengua.

Ambos comen la corteza
del tiempo que se acaba.
Ese ser dos en la vejez,
aferrados a un ritual
que les devuelve los primeros
paisajes de sus vidas.

Ese ser hijos de lo mismo,
del mismo pan duro que mastican,
sin que la miga ceda
al diente que la muerde.   
          
(Del libro Casa de pisar duro, con el que Gina Saraceni ganó
el XI Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en 2011)

lunes, 30 de julio de 2012

Cine y gastronomía

Hombres al dente


Los hombres siempre están al “dente”. Aún cocidos, ofrecen cierta resistencia. Por eso nunca se sabe, como ocurre con la pasta, si sacarlos del agua hirviente o dejarlos en ella unos segundos más. Y de eso va la película del realizador turco —adoptado por Italia desde 1977— Ferzan Özpetek, Hombres al dente, que en estos momentos se proyecta en Caracas como parte del Festival de Cine Italiano, también titulada en otros lares como Mine vaganti, Loose Cannons y Tengo algo que decirles
Su tema pinta común: una historia de familia, una historia de homosexuales, una historia de historias ocurridas en torno a la vida, los paisajes, los días. Pero lo que me fascinó de esta cinta es que gira en torno a la gastronomía. Y no solo porque la parentela protagonista sea dueña de una fábrica de pastas en Puglia, sino porque todo discurre por y para la mesa, en gloriosos banquetes y terrazas dispuestas al placer.
La verdad se sabe en una cena.
El dolor se padece en la mesa del principio y el final.
La mesa concentra el drama, la comedia, el absurdo.
Esta película se suma, sin demasiadas pretensiones pero con mucho sabor, al listín de películas de corte gastronómico que vamos coleccionando y entre las que al vuelo recordamos El festín de Babette de Gabriel Axel; Vatel dirigida por Roland Joffré; Chocolat por Lasse Hallström; Un toque de canela de Tassos Boulmetis; Entre copas por Alexander Payne; Comer, rezar y amar, por Ryan Murphy; La gran noche por Stanley Tucci y Campbell Scott; Julie & Julia escrita y dirigida por la recientemente fallecida Norah Ephron.



domingo, 29 de julio de 2012

De poemas y cocinas

Hoguera
© Luís Enrique Belmonte




Escribo en la cocina.

La noche cabecea como un centinela adormecido
después que ya han pasado suficientes torbellinos
              en el círculo polar ártico.

Escribo en esta cocina
donde se encuentran tus manos con las buenas yerbas
donde se encuentran tus manos con mis manos.

Y la noche fresquita y muda
como una canción de Otilio Galíndez.

Escribo en esta cocina
donde se desbroza se condimenta
y se cuece a fuego lento esta dulzura
esta alegría de estar juntos y vivos.


A María Angélica
Del poemario Compañero paciente, Lugar común, Caracas, 2012

jueves, 26 de julio de 2012

Una cosecha muy natural

Semen gourmet



Ostras a la crema
Desde hace rato se habla de las propiedades nutritivas y medicinales del semen humano: tiene vitaminas, es antibiótico, alivia la halitosis, es un antidepresivo natural, ayuda a adelgazar, rejuvenece la piel y se cree que hasta previene el cáncer. Muchos pueden dar fe de su complejo sabor y textura, pero ahora el chef Paul  "Fotie" Photenhauer lo ha incluido como ingrediente en el que se basan las recetas de su muy vendido libro "Natural Harvest. A collection of semen-based recipes" (que en español sería “Cosecha natural. Una colección de recetas basadas en semen”), publicado en Estados Unidos y donde propone bebidas, entradas, sopas, platos fuertes y postres. Todas sus fórmulas son gourmet y llevan una buena porción de semen, producto natural, que resulta económico y fácil de producir. Dice el autor en defensa propia: “Una vez que se supera cualquier vacilación inicial, usted se sorprenderá al saber lo maravilloso que es el semen en la cocina. El semen es un ingrediente emocionante que puede dar a cada plato un giro interesante. Si usted es un cocinero apasionado y no tienen miedo de experimentar con nuevos ingredientes, le encantará este libro de cocina 
Sin embargo el chef, que sugiere entre sesenta platillos Trufas de chocolate rellenas de crema y Ostras a la crema, hace una fundamental recomendación a los lectores: "Por favor, no añada el semen a la alimentación de sus invitados, sin informar de antemano".
Los curiosos pueden adquirir el libro en Amazon


Nota de mi autoría publicada en la revista Sexosentido del mes de junio.

miércoles, 25 de julio de 2012

Para leer y hacer en la mesa

Balada
© Leonardo Padrón



Que este poema te suba la falda
que te arrime hacia la mesa
lubricándote el cierre
abriéndote las ganas
que te humedezca lentamente
gastándose en el fin de tus piernas
en tus últimas partes
que te incendie contra la pared
alzándote, removiéndose, luchándote
contigo en las uñas, en el grito mínimo, en el cuello
que te sea enorme, violenta y penetrada
que este poema te rasgue el deseo
que gimas entre sus brazos

¡ah! esta caricia desquiciada
y la furia el jadeo

hasta sangrarnos

martes, 24 de julio de 2012

Poesía, exilio y gastronomía


Los bocados del exilio

Caminadno por Steingasse, de Federico Prieto
 
El fin de semana se presentó en Caracas el libro Exilios. Poesía latinoamericana del siglo XX, de Marina Gasparini Lagrange, publicado por la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana. La obra recoge textos de más de cincuenta poetas que bordean desde múltiples miradas los nada fáciles tópicos del desarraigo, la extrañeza, los exilios e insilios.
El exilio, escogido o no, es dolor. Aquellos que han partido lo saben. También lo sabemos quienes descendemos de árboles arrancados de sus genealogías por las guerras, las dictaduras, los horrores del porvenir. El dolor jamás cesó, aunque viniesen un día la felicidad y cierto olvido.
Al exilio se lleva todo y nada. Atrás queda todo y nada. Los tiempos dictan el peso de las valijas, la hondura de las nostalgias. Sólo a veces pueden reproducirse los espacios, olores o sabores de lo perdido para siempre.   
La cocina tiene la enorme, triste y maravillosa virtud de hacernos volver a casa. Nada borra los sabores de la infancia, del paladar convencido, los gustos aprendidos. Es la recuperación del alma.
El que vive lejos, en este siglo XXI, pide al paisano que lo visita algo que llevarse a la boca para forjar un efímero camino de vuelta. Y regresa. Con apenas un trozo de chocolate, una taza del café natal. Reproducir recetas hogareñas, aún con otros ingredientes, otras calidades, supone un retorno a la mesa materna, a la última navidad en casa, a lo más entrañable.

Los poemas del adiós
Rastreo en el libro de Gasparini fragmentos que vinculen gastronomía y exilio. Y hallo muy pocos, menos de los que esperaba, quizá por que comer y beber es el asentado fin de una larga añoranza y no a todo poeta alcanza el tiempo para sumirse en ella. O tal vez por que, por obvia e imposible de olvidos, la comida no necesita hacerse palabra. En todo caso, construyo una antología a partir de la antología de Gasparini, con respeto y admiración por su libro, que merece todas las lecturas.  


José Lezama Lima
(De El esperado)

(...) Las tazas de café
se habían convertido en joyas alucinadas,
que regaban la casa de gnomos que se reian
al encontratse con los conocidos de antaño.


Julio Cortazar
(El encubridor)

Ese que sale de su país porque tiene miedo,
no sabe de que,
miedo del queso con ratón,
de la cuerda entre los locos,
de la espuma en la sopa.
Entonces quiere cambiarse como una figurita,
el pelo que antes se alambraba
con gomina y espejo lo suelta en jopo,
se abre la camisa, muda de costumbres,
de vino, de idioma.
Se da cuenta, infeliz, que va tirando mejor,
y duerme a pata ancha.
Hasta de estilo cambia,
y tiene amigos que no saben su historia provinciana,
ridícula y casera. 

A ratos se pregunta como pudo esperar
todo ese tiempo
para salirse del río sin orillas,
de los cuellos garrote,
de los domingos, lunes, martes, miércoles y jueves.
A fojas uno, si, pero cuidado:
un mismo espejo es todos los espejos,
y el pasaporte dice que naciste y que eres
y cutis color blanco, nariz de dorso recto,
Buenos Aires, septiembre. 

Aparte que no olvida,
porque es arte de pocos,
lo que quiso,
esa sopa de estrellas y letras que infatigable comerá
en numerosas mesas de variados hoteles,
la misma sopa, pobre tipo,
hasta que el pescadito intercostal
se plante y diga basta.


Idea Vilariño
(Un huésped)

No sos mío
no estás
en mi vida
a mi lado
no comés en mi mesa
ni reís ni cantás
ni vivís para mí.

Somos ajenos
tú y yo misma
y mi casa.

Sos un extraño
un huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.

Qué puedo hacer
cedértela
pero yo vivo sola.

 
Jorge Eduardo Eielson
(De Hoy me despido de mi patria)

(...) Siempre salada y luminosa
Gracias a su pescado
Y a la divina espuma
De mi infancia en el océano
Cruel arena sin embargo
Que no alimenta niños ni animales
Que viven sólo de huesos
Y limosnas. Adiós extraña patria
Purgatorio del plateadas olas. Adiós
Pescado azul adiós
Arena atroz


Heberto Padilla
(De Padres e hijos)

(...) Dios mío, ten piedad del errante,
pues en lo errante está el dolor.
Saltimbanquis, viajeros, vagabundos, adiós.
Mi amor va con vosotros;
se sienta en vuestras mesas, come
con vuestros labios
secos de ardor, de sed. Dádle un sitio
en la magra mochila, un resonar en los zapatos.


Cristina Peri Rossi
(De Gotan)

(...) No quiero que el camarero del Sorocabana
me pregunte, treinta años después: “¿Un capuchino,
como siempre?”
Siempre no existe,
Gardel murió
y la Tana Rinaldi también emigró.
Quiero otra luz, otro mar,
otras voces, otras miradas
romper este pacto de nostalgia
que nos ata, como una condena de una maldición
y no volver a soñar con el barco que atraviesa una mar
oscura
para devolverme a la ciudad donde nací.
No hay Volver
no hay arrabal
Sólo la soledad es igual a sí misma.


Piedad Bonnett
(De Otro exilio)

(…) En una espesa cocina del Caribe, con trigo y hierbabuena una mujer dibuja a su madre, reconoce a su hermano, con aceite de olivas bautiza a sus hijos.

 
Igor Barreto
(Naturaleza del Exilio)

Unas reses llegaron del boscoso anhelo,
de unas calcetas añoradas.

¿Qué sentido tenían aquellos animales
de rostros humanos?

La cocina era una hoguera
a media noche.

El acallamiento
vegetal del balcón

donde unos helechos
aletean como esfíngidos.

¿Qué fue de la quietud de unos parajes
que conocía tanto?

No encontré barriales constelados,
ni la camisa azul.

Era la naturaleza del exilio,
un río de nada.

Algo que corta una cebolla en pequeños trozos,
blanca, como un farol bajo un árbol marchito.


Gabriela Kizer
(De A veces quisiera qye fuesen descendientes de campesinos…)

(...) Pero nada tuvieron de tuberculo enlodado o de raíz.

Acompañaron, eso sí, a pelar las papasgenerosas de la Europa negra
y se vinieron al Nuevo Mundo en sacos llenos de recetas de papas.
De allí los viejos no pudieron sacarlas…


Jacqueline Goldberg
(Exilio)

Estoy en el tráfico.
En la peor hora peor.

Quiero mudarme.
A Borneo,
a Edimburgo, a Yacarta, a Tombuctú.
Donde queden caminos de tierra
y no azoten las jornadas del regreso.

Tengo hambre.
La radio habla de un restaurante
que sirve langostinos al vapor.
Pienso en alcachofas despetaladas.

Pudiera comer también un tazón de arroz,
beber copas de espuma.
La hora me agrava.

Se trata de anhelar un exilio,
sin ambigüedad.
Aquí mismo. Ya.

Debo irme. Digo.
Debo comer,
verter mis manos en una afilada bandeja,
en una mesa de Padua, Lima,
Nueva Guinea, Jaffa, Tombuctú.

Sobre todo debo comer.
Y seguir.
Y resignarme.

lunes, 23 de julio de 2012

Un poema de repollos acresponados


De Marosa di Giorgio
(Salto, 1 de enero de 1932 / Montevideo, 17 de agosto de 2004)
  












Me acuerdo de los repollos acresponados, blancos -rosas
nieves de la tierra, de los huertos-, de marmolina, de la
porcelana más leve, los repollos con los niños dentro.
Y las altas acelgas azules.
Y el tomate, riñón de rubíes.
Y las cebollas envueltas en papel de seda, papel de fumar,
como bombas de azúcar, de sal, de alcohol.
Los espárragos gnomos, torrecillas del país de los gnomos.
Me acuerdo de las papas, a las que siempre plantábamos en
el medio un tulipán.
Y las víboras de largas alas anaranjadas.
Y el humo del tabaco de las luciérnagas, que fuman sin reposo.
Me acuerdo de la eternidad.


viernes, 13 de julio de 2012

Toddy siempre

Ya he dejado constancia en este blog de mi pasión por el Toddy, bebida achocolatada de inaprensible origen (¿Argentina, Puerto Rico. Estados Unidos?) pero que en Venezuela es emblema de varias generaciones, apetito y obsesión. En la investigación histórica que en estos momentos hago sobre el Toddy, recordé este maravilloso artículo de la periodista Milagros Socorro, que además, hermanadamente me dedica, lo cual duplica mi emoción ante él. Juntas hemos disfrutado de gloriosas licuadoras de Toddy

Mi padre y las fuentes de soda
©Milagros Socorro
Para mis hermanos, incluida Jacqueline Goldberg


Mi padre era perijanero. Era venezolano de tercera generación, descendiente por ambas ramas de isleños asentados en tierras de vocación agrícola y pecuaria, al pie de la Sierra de Perijá. Igual que él, sus padres y sus abuelos habían sido criadores de vacas. Su padre, mi abuelo Marco, esperó a consolidar sus haciendas y su fortuna, para hacer el hábito de emprender viajes de varios meses a Nueva York con dos de sus mejores amigos en travesías marinas con escala en La Habana. Mi abuelo era un hombre alto, muy rubio, de aspecto altanero y aire reconcentrado. Solía ir vestido con trajes de lino. Así aparece en las filmaciones de 8 milímetros que mi padre registró con su Bell and Howell. Marco Socorro no llegaría a viejo. Falleció antes de los 70 años, abatido, es lo que me han dicho, por una ateroesclerosis y unas crisis de melancolía que lo consumieron tempranamente. No sé si fue por el pavor a la grasa que a la larga termina instalándose en la arterias, pero el caso es que la dieta de mi padre era muy restringida y excluía enérgicamente todos los lípidos. Al servirle un muslo de pollo para el almuerzo (solía comer muy poco), retiraba, usando la punta de los dedos como pinzas, la piel del ave con un gesto de censura como si estuviera despegando la curita del cocinero dejada al descuido en su comida. Jamás comió un churrasco o corte alguno de carne que superara el centímetro de espesor y aún entonces se lo hacía cocinar hasta dejarlo como un “carrancho” –palabra que solo he oído a mis padres y a mis tíos paternos, para aludir al condumio recocido y seco. ¡En la vida…!, como decía, con ese énfasis tanguero, había probado un chorizo, una morcilla, una chinchurria, ya no digamos un steak tartar. Incluso la macarronada del Zulia había que hacérsela aparte para desproveerla de los jugos que son, precisamente, la marca de ese suculento plato…
[Pequeña glosa: la macarronada del Zulia es un gratinado de pasta que alterna capas de macarrones gruesos con salsa nápoli, diversos quesos rayados o en finas lonjas, rebanadas de cebolla, papa y huevo cocidos, jamón, algún embutido y chispas de mantequilla antes de entrar al horno].
…bueno, había que armar un molde especial para él, que tuviera menos salsa, que sustituyera los quesos frescos y los amarillos por queso de año rayado (el parmesano era demasiado untuoso para él), y que estrictamente omitiera la mantequilla. No podía llevar huevo cocido. Además, debía estar en el horno unos minutos más de la cuenta. Si el resultado semejaba una chancleta, mejor para él. Su ración de bollos pelones debía pasar de la cocción en agua al plato, sin hacer estación en la olla rebosante de salsa de tomate donde termina de hacerse ese plato sinigual. ¿Plátano frito? ¡En la vida! Ni siquiera ese manjar dorado, incomparable tierno y delicioso que son las tajadas de plátano maduro frito. Por consiguiente, mi padre jamás paladeó una torta de plátano. Para él, plátano verde. Verde hasta el punto de que casi rebotaba en su plato de tan rígido que salía del horno. Y regado de queso de año rayado muy finamente.
Su biografía gastronómica da el retrato de un hombre que no hubiera traspuesto las fronteras del Zulia jamás. Sin embargo, al graduarse de bachiller en el liceo Baralt se matriculó en la escuela de Medicina de la Universidad de Cornell, estudios que no culminaría pero que le bastaron para adquirir un inglés suficiente para emplearse en la industria petrolera. En vez de regresar al mando de su padre, hombre madrugador, trabajador insigne, severo y exigente, mi padre prefirió enrolarse como personal administrativo de la industria. En ese entorno adquirió un rasgo que iba a acompañarlo toda su vida y que nos transmitió a cabalidad: mi padre era un adorador de las merengadas. Y, desde luego, una gran autoridad en la materia. Fue él quien me instruyó en la ciencia que expondré brevemente.
Las merengadas deben hacerse con leche en polvo. Un Toddy, por ejemplo, con leche líquida es un fraude, una pérdida de tiempo, un vil sucedáneo. Pero resulta que un conocimiento básico, como éste, parece ser un secreto del Zulia. En cualquier rincón de la cuenca usted pide un Toddy y recibe una espuma helada, un batido ingrávido que llena la boca de burbujas al tiempo que la enfría sin llegar a producir esa desagradable sensación de nariz congelada desde adentro. Este efecto se logra poniendo en la licuadora cada ingrediente en el orden adecuado (el hielo al final) y licuándolo el tiempo preciso. Un auténtico conocedor se guía por su oído para saber cuándo se ha obrado la emulsión y el hielo se ha convertido en una escarcha perfumada de cacao. Los improvisados son los que detienen la licuadora antes de que el hielo intercambie con el Toddy su destino: el polvo se convierte en helado y el hielo en partículas traslúcidas como dulces joyas sólo perceptibles para el rango de sensibilidad propio de la lengua. Pero, desafortunadamente, esta refinada golosina no es fácil de encontrar fuera del Zulia. Mi padre aseguraba que las zonas no petroleras ignoran por completo la ciencia de las merengadas, cuyo dominio había adquirido él en las sillas giratorias de las fuentes de soda de Maracaibo, observando atentamente las evoluciones de los cocineros. En los años 50 y hasta entrados los 60, esas fuentes de soda eran enclaves de los Estados Unidos en Maracaibo: todo venía de allá, desde el mobiliario hasta los manteles individuales de papel, pasando por el menaje de cocina y los ingredientes de los platos, un conjunto calcado de los menúes norteamericanos en establecimientos de comida rápida.
Una curiosa característica del Toddy es que no admite pentimentos. Después de hecho el batido, no caben correcciones: primero se pone el agua (filtrada y fría), después la leche en polvo, después el Toddy y luego el hielo. Si al probar la bebida se siente floja, no sirve de nada que se intente arreglarla agregándole cucharadas de leche en polvo o de Toddy. Es inútil. Lo mejor es darlo por perdido. Aunque todavía queda un recurso. Mi padre solía echar mano de él cuando alguno de sus hijos arruinaba un Toddy o batido de frutas; y era añadiéndole dos bolas de helado. Eso lo había aprendido él en las fuentes de soda, cátedra donde también se había convertido a la verdadera fe: solo las planchas industriales doran un sánduche como Dios manda (sin aplastarlo, tostándolo por fuera y dejando el interior jugoso y suave).
Naturalmente, de todos sus hijos, la única a quien se transmitió el legado del Toddy perfecto es la autora de estas líneas. Mis hermanos hacen intentos. Pobrecitos, no les falta entusiasmo. Pero les sobra ignorancia y torpeza. Todos, incluido ahora mi único hijo, me andan detrás para que les haga un Toddy a medianoche, el máximo placer de la vida; sobre todo cuando hemos terminado de ver una película y queremos comentarla con su respectivo aliciente achocolatado rebasando un vaso con inquietas pompas. Cualquier audaz hace un Toddy, eso por descontado. Pero hay que tener maestría, -obtenida del saber originario, esto es, las fuentes de soda que crecieron al calor de las concesionarias extranjeras-, para hacer un Toddy que deje un bigote de suave ebullición como un beso de buenas noches.

Publicado el 7 de octubre del 2009 
y reproducido en la Página Web de Milagros Socorro