viernes, 22 de octubre de 2010

Los memoriosos sonidos de la calle comestible

Foto del periodista español residenciado en Caracas,
Santiago Velázquez, de su interesantísimo blog Vivir en Caracas

Ayer mi hijo escuchaba con extrañeza las campanas del heladero: “Cada vez se oyen menos”, me dijo. Y yo comencé a contarle sobre los sonidos de mi infancia, aquellos que me hacían correr al balcón y llamar a gritos al vendedor, que subía la cabeza dando vueltas hasta detectarme en las alturas y hacerme señas de que me esperaría:

El heladero: En Maracaibo le decíamos “Polero”, porque vendía polos. De allí que alguien que da muchas vueltas inútiles es un polero, pues hay que ver lo que camina esa gente, hoy en día casi todos haitianos. Lo suyo son campanitas.

El camión de helados de la EFE: Su presencia era una cancioncilla que los domingos en la tarde aún me produce una tristeza desenfrenada.

El cepilladero: Tenía una suerte de claxon de bicicleta. Era inconfundible. Luego se añadía el sonido de la paleta raspando el hielo, el chorro de frambuesa cayendo desde la botella y el apretado del tubo de leche condensada.

El amolador: Su armónica llamando a afilar cuchillos un sábado en la mañana. Muy de vez en cuando suenan por ahí aún.

El pastelero: En Maracaibo iba con un tobo blanco y ricos pasteles de queso, papa o carne. Su llamado era el de las pinzas con las que luego colocaba en una bolsa de papel los pastelitos. Un clac clac que jamás he vuelto a escuchar pero que me hace agua la boca.

Cepillao, de Guaco...