viernes, 6 de julio de 2012

William Faulkner

Medio siglo de un adiós salpicado de cocinas 



Hoy 6 de julio se cumplen 50 años del adiós de William Faulkner, uno de los más grandes escritores del siglo XX, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1949, autor de 19 novelas, de unos 100 relatos y de guiones de algunos films clásicos en Hollywood. El escritor estadoundense (oriundo de New Albany, Misisipi) murió de un paro cardíaco que se alimentó de tabaco y alcohol. Decía en una entrevista: “Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky”. En homenaje a este escritor que a tantos ha influido existencial y escrituralmente, recojo algunos párrafos donde la cocina —como espacio y culto al alimento— toman protagonismo.

El comedor de la casa de Faulkner en Oxford, Mississippi

De Una rosa para Emilia

(…) “Como si un hombre -cualquier hombre- fuera capaz de tener la cocina limpia”, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.


De El sacerdote 

(…) Había chicas por doquier; sus delgadas ropas daban forma a su paso en la Calle Canal. Chicas que iban a casa para almorzar -el pensamiento de la comida entre sus dientes blancos, de su placer físico al masticar y digerir los alimentos, encendió todo su ser-, para fregar en la cocina; chicas que iban a vestirse y a salir a bailar en medio de sensuales saxofones y baterías y luces de colores, que mientras duraba la juventud tomaban la vida como un coctel de una bandeja de plata; chicas que se sentaban en casa y leían libros y soñaban con amantes a lomos de caballos con arreos de plata.


De Santuario

(…) Entró en la casa, pasillo adelante. Siguió hasta salir al porche trasero; luego torció y entró en la habitación donde brillaba la luz. Era la cocina. Había una mujer delante del fogón. Llevaba un vestido de percal muy desteñido. Al moverse, el par de toscos zapatos de hombre que calzaba le golpeaban los tobillos desnudos. La mujer se volvió a mirar a Popeye y luego otra vez hacia el fogón, donde estaba friendo carne en una sartén.

(…)
—¿Por qué me lo cuentas a mí? —dijo la mujer.
—Tú cocinas. Querrá cenar.
—Sí —dijo la mujer. Se volvió de nuevo hacia el fogón—. Cocino paratramposos, estafadores y deficientes mentales. Sí. Es cierto que cocino.

(…) Los hombres volvieron al porche. La mujer quitó la mesa y llevó los platos a la cocina. Los dejó amontonados, se acercó al cajón situado en la zona menos iluminada y estuvo en pie a su lado durante un rato. Después se sirvió su propia cena, comió sentada a la mesa, encendió un cigarrillo con la llama de la lámpara, fregó los platos y los guardó. Luego echó a andar por el pasillo, pero no llegó a salir al porche. Se quedó dentro de la casa, junto a la puerta, oyéndoles hablar, oyendo hablar al forastero y el ruido apagado de la garrafa mientras pasaba de mano en mano.

(…)
—He vivido como una esclava por ese hombre —musitó la mujer sin apenas mover los labios, con su voz desprovista de inflexiones. Era como si estuviera repitiendo una receta para hacer pan—. Trabajaba de camarera en un turno de noche para poder ir a verlo a la cárcel los domingos. Viví dos años en una habitación, cocinando en un mechero de gas, porque se lo había prometido. Le mentí y gané dinero para sacarlo de la cárcel, y cuando le expliqué cómo lo había ganado me dio una paliza.

(…)
Entraron en la cocina. La mujer le sirvió café en una taza.
—Debe de estar frío —dijo—. A no ser que prefiera usted encender otra vez el fuego.
Del horno sacó una bandeja con pan.
—No —dijo Temple, bebiendo a sorbos el café tibio y sintiendo movérsele las entrañas en pequeños coágulos hormigueantes, como perdigones sueltos—. No tengo hambre. Hace dos días que no he comido, pero no tengo hambre. ¿No es curioso? No he comido desde… —contempló la espalda de la mujer con una rígida mueca conciliadora—. No tendrán ustedes un cuarto de baño, ¿verdad?