martes, 13 de abril de 2010

Un recetario soñado en THERESIENSTADT

El hambre que se hizo libro en el CAMPO DE CONCENTRACION de THERESIENSTADT

 



Theresienstadt fue un infierno extraño:
campo de concentración,
solar de tránsito hacia Auschwitz y otros exterminios,
vertedero de dislocadas almas.
Se le hizo parecer colonia modelo,
gueto, asentamiento, paraíso de jubilación,
bella ciudad balnearia ofrendada por el Fhurer.

En Theresienstadt convivieron la muerte y el teatro,
el hambre y la ópera, cadáveres y lucidez,
niños y piojos.
Hubo jardines, casas bien pintadas,
eventos culturales, gente saboreando sardinas.

Cuando los funcionarios de la Cruz Roja
culminaron su visita en 1944
la muerte se ocupó de quienes oraban,
miles fueron enviados a lejanas cámaras de gas,
otros asesinados allí mismo,
muchos arrojados a las fauces del hambre y la enfermedad.
Los jardines devastados.
La escritura aletargada.

Sin duda fue un lugar extraño.
Tan extraño que se escribió ahí un libro de recetas de cocina,
In Memory's Kitchen: A Legacy from the Women of Terezin.

Lo recopiló Wilhelmina (Mina) Pätcher a sus setenta años,

—justo antes de morir de hambre en vísperas de Yom Kipur de 1944—
junto a otras mujeres recluidas en Theresienstadt.
Desde la memoria fueron sumando
ingredientes, sabores y procedimientos.
De noche, en sus catres desnudos,
mientras sus cuerpos se retorcían,
las mujeres de Theresienstadt
horneaban manjares y remembranzas,
cocinaban utopías de margarina, tortas y potajes.
Volcaban su “cocina platónica” como dijo la propia Mina.
Todo bullía en sus cabezas, en el hambre desencajada,
en la añoranza de volver a la cálida morada de los hijos y los apetitos.

Michael Berernbaum, director de investigación
del Museo conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos,
dice en el prólogo:

“Este libro de cocina… debe ser visto como una manifestación más de Resistencia, de rebelión espiritual contra la dureza de la condiciones de vida… Recordar recetas era un acto de disciplina que les exigía reprimir su hambre y pensar en el mundo normal fuera del campo, e incluso quizá atreverse a sonar con un mundo después del campo”
¿Como llegó este libro a nuestros días?
Esa es otra historia milagrosa.
Poco antes de morir, Mina entregó el manuscrito a un amigo,
encargándole que lo hiciera llegar a su hija Anny,
ya entonces residenciada en Palestina.
Pero el libro solo llegó a manos de la abrumada hija
veinticinco años después, cuando esta vivía en Nueva York:

“Cuando abrí por primera vez el cuaderno y vi la escritura de mi madre, tuve que cerrarlo. Lo dejé guardado y tardé bastante tiempo en reunir valor para leerlo. Mi marido y yo estábamos sobrecogidos, porque nos parecía en cierta medida sagrado. Después de todos aquellos años era como si mi madre tendiera su mano hacía mí desde muy lejos… Al publicar estas recetas estoy honrando la creencia de mi madre y de las demás mujeres de que en algún lugar y de alguna manera debe de haber un mundo mejor donde vivir”.
El libro apareció publicado en 1996,
editado por Cara de Silva,
traducido por Bianca Steiner Brown
y prologado por Michael Berenbaum.
La sección introductoria puede leerse en Google.

Contiene, además, una serie de poemas
escritos por la propia Mina Pächter,
en los cuales intentaba asomar cierto humor,
la turbia realidad que los quebraba.

Me pregunto yo, desde la abundancia y el goce,
cómo puede la memoria engañar al saliveo,
cubrir de sueño la infame noche del hambre.

¡Cuánto nos quejamos en estos no tan aciagos días!
No sabemos lo que es el hambre y el miedo.
No conocemos la precariedad absoluta y el fin.

Ojalá nunca lo sepamos.
Ojalá nunca debamos cocinar sin sartenes ni hierbas,
sin alcachofas, pescados y berenjenas.
Ojalá la memoria solo convoque placeres,
un fogón siempre encendido,
un dios cuidando nuestra ancha mesa.


domingo, 11 de abril de 2010

Olvidadas recetas campesinas de LOS ANDES


Aparece de pronto en mi buzón un correo de Gamal El Fakih Rodriguez, venezolano egresado de la primera promoción (1993) del Hotel Escuela de Mérida, contándome que en el próximo verano publicará en español y en francés el libro Recetas olvidadas, donde recoge los sabores de Los Andes campesinos. Se trata de una recopilación iniciada con sus alumnos de la Escuela donde él mismo estudió: “Viajando de pueblo en pueblo, hablando con las abuelitas y con la gente de las aldeas y de los campos, sentándonos a hablar, a tomarnos un cafecito con todas las señoras que han consagrado su vida a las legumbres y a los granos, a las frutas y a las hierbas, a los animales del corral y a los del monte, logramos recopilar una gran cantidad de recetas, muchas de ellas casi olvidadas, que hoy queremos ofrecer, con la esperanza de que no se pierdan...”
Gamal El Fakih Rodriguez, después de trabajar en diferentes países con algunas de las cadenas hoteleras de mayor prestigio mundial, se desempeña actualmente como sub-Director del Instituto de Turismo y Hotelería de Québec (ITHQ) en Montreal, Canadá.
El libro, aún inédito, puede curucutearse en su magnífica página: Las recetas olvidadas y desde allí adquirirse. Hay allí adelantos de potajes, ensaladas, contonos, panes, pasaderos, dulces, bebidas y hasta remedios propios de bodeguitas idóneos para la ansiedad, la debilidad y los estreñimientos del cuerpo y el alma.
Por lo pronto copio la canción popular La cocinera, maravillosamente interpretada por Doña Mercedes Muñoz de Rodríguez una tarde cualquiera de abril de 1978 y que puede escucharse en Youtube.

La COCINERA

Se levantó la cocinera,
y a soplar el fogón
se lava las manos
se lava la cara
se riza el cabello
y se hace el pompón.

Esta leña tan maluca
Que no quiere ni prender
¡malhaya sea el cuero
de aquel leñetero
que me hace padecer!

Desdichada la mujer
que se mete a cocinar
que va sometida
que aquella atrevida
la venga a regañar

Ya no soplo más con leña
ni tampoco con carbón,
me voy pa’ mi casa
mi madre me pasa
y ahí le queda su fogón.

Ya me voy, ya me voy
a la voz de mi marido
me da de comer
me da de beber
y me da mi buen vestido

Los besos de mi consorte
me saben a chocolate
color amarillo
color encendido
que me saben a tomate…”

sábado, 10 de abril de 2010

Fisuras del IMPEDIMENTO


Lágrimas
que ascienden
por tallos de panojos,

paréntesis
de la mesa cántabra o mía,

tristonas alubias de invierno.

jueves, 8 de abril de 2010

Los OTROS SABORES de la supervivencia


Muchos sobrevivientes del Holocausto llegaron a América con imposibles dolores a cuestas. Es de entenderse que esta Tierra de Gracia les pareciera el infierno o el paraíso. No había tintas medias. Quienes intentaron restar grosor a sus experiencias durante la guerra, vieron un mundo distinto y aquí se quejaron de asuntos felizmente banales. Lily Klaver de Halasz, es una de ellas. Nació en Austria en 1921 y llegó a Venezuela junto a su madre en 1939. Aquí nada le fue fácil al principio, pero se adpató y renació. No sería cualquier cosa provenir de Viena, templo de la bollería y los chocolates, de una dulcería memoriosa. Por eso en su testimonio señala, obviando los improperios del clima y la lengua: “aquí la vida era mucho menos complicada, aunque no había un buen pan, la torta de chocolate era salada —todavía no sabían fabricar un chocolate que pudiera conservarse — y la pintura de labios se derretía”.

martes, 6 de abril de 2010

Elías CANETTI (Apuntes, 1953)



«Un país en el que la gente llora cuando come»


lunes, 5 de abril de 2010

A Eugenio MONTEJO

Un poema de mesa compartida
© Jacqueline Goldberg



en el altar de la tercera mesa
el poeta requería cabrito
o cordero con judías rojas

nadie adivinaba si andaba diurno o abolido
si venía de dar tumbos en la niebla
si un milenio resquebrajaba sus dones de hoja

una sola vez almorcé en sus cercanías
fue en Casa de Estudiantes de Madrid
—¿otoño, 2005?—
creo que ambos nos conformamos
con un risoto verdeado por insípidos espárragos

aquella comida
especiada de vocablos que pasaban de largo
no fue obediente
ni remontó otros ventrílocuos mesones
no agujereó la espesura de la patria crucial
no simplificó la tarea de acompañarse
empeoró más bien
en la artesanía de un azar
que nunca más admitió compartir
un viaje
un higo
un relámpago

(y a Andrés Rodríguez y su Mesón)

domingo, 4 de abril de 2010

La mujer ARAÑA


Sufría por culpa de la Mujer Araña.
Padecía a causa de las sensuales ramificaciones
de aquella tarántula
que exhibía su artillería de mediatarde en el circo.
Sufría porque su amante, fotógrafo, se había enredado
en las contorsiones mal pagadas de la tejedora.
No podía admitir que su rival fuese un arácnido
de pechos brotados de una caparazón de lentejuelas.

Lloraba con el rigor de los abandonados.

Conoció el fotógrafo a la Mujer Araña
mientras hacían un reportaje sobre el peregrinaje
que había convertido a la rastrera criatura
en atracción de fin de semana.

Ella entreveía, entrevistaba.
Él se soñaba acariciado por infinitas patas.

Mientras ella escribía acerca de la habilidosa huérfana,
él se retorcía entre sudores madrugados
bajo la hediondez de las carpas.

El fotógrafo lloraría una vez que la Mujer Araña
continuó su recorrido por las provincias del centro del país
y la periodista le impidió regresar
a sus secretas osadías.

lunes, 8 de febrero de 2010

De Carora a las fauces del NAZISMO


Llegué a Carora huyendo. Del agobio capitalino. De un futuro en sombras. De las palabras. De esta página incluso. Me cobijaba la calidez del Club Pomar y la extraña holgura de hacer turismo en país propio. Sin bregas me entregué a la anchura de la luz, a la tierra seca, al cielo áspero. Siempre con la sensación de que Carora parece otro país, cántaro de un optimismo lejano, poetas y músicos por doquier, una arquitectura colonial conservada con esmero, viñedos milagrosos. Aquello era “un gran color sobre uno”, como escribiera el maestro de ahí oriundo, Luis Alberto Crespo.
Caminé por calles añejas, por la plaza de ocho entradas con su Bolívar sin caballo, anduve una casona de hombres ensimismados y una escuela de música en la que seiscientos niños forjan las certezas del país que luego será. Y al final de un solazo indoblegable, en la plaza que hace pórtico al Teatro Alirio Díaz, estaba el busto de monseñor Salvador Montes de Oca, cuya historia me traje con asombro de quien todo lo ignora, empeño de reportera y admiración de judía.
La guía lugareña explicó de volandas que nació en Carora en 1895 y murió en Italia en 1944 víctima de los nazis. Lo demás me lo contó el poeta Crespo y lo averigüé en Internet. En 1922 fue ordenado sacerdote, luego fue designado capellán del Santuario de la Paz, director espiritual del Seminario, secretario del Obispado de Barquisimeto, director del periódico diocesano El Embajador y docente en el Colegio Federal de Barquisimeto. En 1927 fue consagrado como el segundo obispo de Valencia y dos años después debió exilarse en Trinidad por publicar un texto en el que condenaba el matrimonio de divorciados, lo cual tendría un tinte político contra Juan Vicente Gómez y su Gabinete y que le ganó la tirria del entonces Presidente del país, Juan Bautista Pérez. En 1931 el propio Gómez levantó el exilio y el párroco regresó al país, pero tres años más tarde renunció a su Diócesis e ingresó a la Congregación de los Padres Sacramentinos en Florencia, Italia. En busca de mayor austeridad se adhirió final y fatalmente a la Orden de los Cartujos en Farneta di Lucca, en la Toscana.
La masacre de la Certosa o Monasterio di Farneta es histórica. Ocurrió en 1944, cuando soldados de la SS ingresaron en la cartuja donde los monjes habían hecho una excepción a sus votos de silencio absoluto y de aislamiento para dar refugio a un grupo de partisanos de la resistencia italiana antifascista. La noche del 1º de septiembre de 1944 los alemanes violaron el recinto y apresaron a los monjes y a sus huéspedes. Al día siguiente se les permitió celebrar una última misa antes de ser repartidos en diversas cárceles, en las que todos serían torturados y fusilados alrededor del 10 de septiembre. Fueron doce los monjes asesinados, entre ellos el prior del Monasterio de la Cartuja de Farneta di Lucca, y un venezolano, monseñor Salvador Montes de Oca, cuyos restos permanecieron en una fosa común hasta 1947, cuando fueron reconocidos y enterrados bajo el presbiterio de la Catedral de Valencia.
Pensé que de ese viaje a Carora sólo me traería el viento y la delicia de dos días a la intemperie. Por eso me conmueve de pronto esta historia que dice en voz muy baja de un venezolano víctima de los mismos nazis que acabaron con mis bisabuelos y con tantos parientes de judíos que hoy son tan venezolanos como “aquellas tierras largas, largas” de los desiertos larenses.

miércoles, 8 de julio de 2009

Manjares AZULES

Los cadáveres se tornan violáceos,

la sangre añil,

la podredumbre ultramarina.

 

Sobra cielo.

 

No hay bocados con el matiz de Las Antillas.

 

La naturaleza obsequia excepciones:

un cierto maíz, arándanos, cangrejos, queso,

peces poco sedentarios.

 

Nada de panes índigo,

sopas azur, carnes con mieles turquí,

lechugas en lívida salsa.

 

Como osadía de otros lares,

se fondean Chips de violetas, fritos y salpimentados;

Gelatina con cardamomo,

jugo de naranja y Azul Curacao.

 

Los Arzak invitan pichones azules

de nunca tácita compostura.

Recrean rictus canarios

con salsas a base de cebolla pochada,

queso de cabrales, pan tostado, almendras,

vermú, aceite y papas azules.

 

En el emplatado ocurre por un lado el ave,

con sus jugos y caldos,

salseada con mojo azul,

y sobre una cucharadita de puré azulino

un chip de papa azul.

Para aportar una tintura aún más desbocada,

se añaden pétalos de pensamientos azules

y se espolvorea con cebollín picado.

 

Lo demás, es de este mundo.

Rojo: telúricos vestigios de achiote,

azafrán, pimentón, pimienta.

Amarillo: arrobos de cúrcuma,

curry, mostaza, herejía solar. 


(Jacqueline Goldberg)

sábado, 23 de mayo de 2009

Anatonía de una cocina exitosa

Harry Sasson, chef y empresario restaurador

El año pasado pude conversar con el reconocido chef y empresario restaurador judeo colombiano, Harry Sasson, gracias a las amables gestiones de María Luisa Ríos del blog www.milsabores.net y a la invitación de Proexport

Foto: Revista Dinners

Hacia finales del año antepasado se escurrió por la web un texto que indicaba que el Alto Comisionado para la Paz de Colombia, Luís Carlos Restrepo, habría sucumbido a la ira cuando descubrió que ANNCOL, página web utilizada normalmente por las FARC, incluyó la receta "Gallina con papas chorreadas", creada por el chef colombiano Harry Sasson. Según la supuesta Agencia Ge, el Comisionado habría acusado al chef de colaborar con la alimentación de la guerrilla. Explicaba la misma nota que el chef habría luego respondido públicamente que él no era responsable de la inclusión de la receta en la citada página y que incluso expidió un comunicado en el que solicitaba a las autoridades su ayuda para que destruyeran todos los platos de gallina con papas chorreadas que encontrasen en los campamentos de las FARC. Finalizaba la nota con la noticia de que allegados a Sasson afirmaban que el chef estaría pensando en cambiar las susodichas papas por berenjenas en salsa de yerbabuena.
No hay que tener sino una pizca de humor para captar rápidamente que se trató de una broma lanzada por un buen amigo —o enemigo— de Harry Sasson. Queda claro, en todo caso, que Sasson es una figura tan pública y famosa en Colombia, que puede convertirse en epicentro de picantes sornas cibernéticas. De todas maneras, no sería extraño que cualquier grupete —legal o ilegal, oficial o clandestino, en la urbe o en el monte— se guiara por las fórmulas del célebre chef, uno de los renovadores del negocio restaurador y de la alta cocina en su país.
A Harry Sassón, nacido en Bogotá en 1969, no le cuadra aquello de que quien mucho abarca poco aprieta. Él es prueba de que quien mucho abarca con tesón, aprieta todo y más. Así lo corroboran sus cinco exitosos restaurantes, catalogados entre los mejores de Colombia: Harry Sasson Wok & Satay Bar, Balzac, Harry’s Bar, Chirec y Club Colombia. Si bien no tiene el don de la ubicuidad, el chef pasa todos los días por cada uno de ellos, da indicaciones, prueba, cocina. Además, escribe en la revista de Avianca y ha lanzado una línea de dieciocho productos, entre los que hay aderezos, vinagretas y salsas. Harry Sasson es, pues, una marca.
¿Su secreto? Lo explica sin reticencias: “Uno como cocinero tiene que saber quiénes son sus clientes, tienen que saber qué es lo que quieren y dárselo. Si el cliente lo que desea son dos huevos fritos, pues hay que hacérselos para que sean los mejores huevos fritos que se coma en su vida”. Tema aparte, acota: “Siempre hay que rodearse de gente muy buena y estar encima de todo. Nunca pensé que la cocina iba a ser un sacrificio y nunca lo ha sido. Para mi es un placer, mi restaurantes son una extensión de la sala de mi casa, me gusta estar en ellos, atender a la gente y que ésta sienta una experiencia no solo gastronómica sino de todo lo que tiene que ver con un restaurante”.

Impronta sefardí
Harry Sassón es hijo de colombianos y nieto de sirios. Los sabores sefardíes —no es secreto que como buen judío su madre ha sido su gran inspiración en los fogones— se evidencian en su gusto por la sazón africana y medioriental. Dice no ser religioso pero si muy tradicionalista, por lo que todo en su vida gira en torno a la mesa. Egresado del colegio Anglo Colombiano, estudió cocina en su ciudad natal en el Sena (Servicio Nacional de Aprendizaje), trabajando paralelamente en el Hotel Hilton de Bogotá, bajo la tutoría de André Sabouret —hoy chef del Hotel Alfonso XIII de Sevilla— . Más tarde viajó a Vancouver, Canadá, donde de la mano de reputado cocineros se hizo diestro en los grandes secretos de la cocina contemporánea. Regresó a Colombia seguro de que quería montar su propio restaurante. Y con el tiempo, como es un empedernido escudriñador de recónditas cocinas, no montó uno sino cinco restaurantes, que le han permitido experimentar con muy variados sabores, conceptos y propuestas: “Sin embargo, siempre vuelvo a lo clásico, a lo básico, a la cocina de tradición, a lo que nos da memoria. Cuando empecé en 1995 con Harry Sasson Wok & Satay Bar, yo quería mostrar lo que yo sabía hacer, las fusiones, las técnicas, las espumas, todas esas cosas innovadoras. Pero hoy estoy volviendo a la cocina más clásica, siempre que tenga algo de significado. Cada día me acerco más a trabajar con el fuego, el carbón, la leña, las parrillas, los hornos de piedra, el tandoor hindú, el wok japonés”.
Sasson, consiente de que la cocina le ha dado fortuna, es un hombre sensible y arrima su talento y corazón a diversas causas sociales como Fundamor (niños con Sida); Corazón Verde (viudas de la policía); Fana (niños en adopción): “Mis restaurantes dan de comer a unas cuatrocientas familias, de alguna manera estamos haciendo patria”, comenta orgulloso, arraigado a Colombia, seguro de que no quiere convertirse en un chef mediático, de esos que han puesto de moda los canales televisivos especializados en cocina. Lo suyo es tener las manos siempre en el fuego: “Uno como cocinero no puede dormirse, si uno va por la vida de manera recta uno no sube, cae. Mi padre me dijo ‘no te metas un bocado más grande del que te cabe porque te puedes ahogar’. Y eso hago”.

martes, 19 de mayo de 2009

Imperdible

Publicada en en la sección Misión Gula, del diario Tal Cual, el viernes 15 de mayo de 2009, esta crónica da cuenta del pequeño país que viaja y bebe sin medir sus miserias.

Petrus rojo rojito
Miro Popic



Señor Presidente: Aún recuerdo una alocución suya donde llamaba a todo el mundo a apretarse el cinturón y a prescindir de los gastos innecesarios, los viáticos, viajes, etc., especialmente entre los funcionarios de la administración pública. Me parece correcto que así sea y ojalá se cumpla, pero parece que no todos sus colaboradores escucharon esas palabras. Yo sé que usted lee a Teodoro y espero que haya llegado también hasta esta página 23 de los viernes. Le tengo un chisme que no lo es tanto, sino que está corroborado por la prensa francesa. Empiezo por el santo y luego por el milagro. Le recomiendo que busque entre su gente quiénes fueron los funcionarios que viajaron a Francia en febrero de 2009 en misión oficial y sabrá quiénes son los que no le hacen caso.
La Revue du Vin de France (la Revista del Vino de Francia), en su edición del mes pasado, da cuenta de una bolivariana cena efectuada en el prestigioso restaurante La Tour D’Argent (La Torre de Plata), 15-17 quai de la Tournelle, París 5, teléfono 0134542331. Es verdad que este restaurante ya no es lo que era antes, cuando iban mucho los adecos de entonces, pero sigue conservando su encanto burgués que tanto seduce a ciertos rojos rojitos, y forma parte de la historia de la gastronomía francesa, especialmente por su caneton a l’orange y su cava de vinos, con más de 500 mil botellas, con lo más exquisito de la enología del mundo.
Ocurre que en una mesa ocupada por venezolanos en misión oficial, donde se comió y bebió sólo lo mejor, como debe ser, tratándose de hijos de Bolívar, se descorchó como broche de oro nada menos que una botella de vino rojo llamado Petrus 1982, a un precio de sólo 17.000 euros. Sí, leyó bien, diecisiete mil euros, que multiplicados por no sé cuánto, da algo así como unos 136 mil bolívares fuertes, que tanta falta le hacen a nuestras universidades, por ejemplo. No sé si lo ordenaron porque sabían lo que estaban pidiendo, o porque era el más caro de la carta, cosa que es costumbre entre la nueva clase que nos gobierna.
¿Que qué es Petrus? Le cuento. Para muchos es el mejor y más caro vino del mundo. Viene de Burdeos, del Pomerol, de una modesta propiedad de poco más de 11,5 hectáreas, inexpropiables, por más que Elías Jaua quiera, donde la sencillez e inteligencia de generaciones logran elaborar cada año unas pocas botellas de un jugo de uvas maravilloso y mágico. Es un vino 95% Merlot y 5% cabernet franc. Proviene de cepas antiguas de más de 50 años, cultivadas en un suelo arcilloso azulado, duro, rico en hierro, con un drenaje que regula la humedad y permite el desarrollo especial de las uvas. Aquí fue donde comenzó en 1971 lo que se llama “poda en verde”, que consiste en dejar sólo unos pocos racimos por planta, con bajo rendimiento, para que logren concentrar aromas y riquezas únicas, que es lo que al final hace la diferencia. La vendimia, contrariamente a lo habitual, se hace al mediodía y no en las mañanas, para evitar la humedad e, incluso a veces, se utilizan helicópteros para generar corrientes de aire que sequen los racimos, o calentadores para alejar las heladas, o cubiertas de plástico para evitar las lluvias tempraneras, etc. Se vinifica en depósitos de cemento, se juntan las prensadas y se deja unos 20 meses en barricas nuevas, trasegándose cada tres meses. Anualmente salen entre 15 mil y 40 mil botellas que ya están vendidas incluso años antes de ser cosechadas las uvas. En primeur sale a unos 200 euros la botella, que luego va subiendo de precio según la añada y el envejecimiento hasta llegar a los 17 mil que pagaron sus empleados con el dinero de todos los venezolanos.
Confieso que he probado dos veces Petrus, las dos veces invitado, obviamente. No puedo afirmar que sea el mejor vino del mundo, pero sí que se trata de algo maravilloso, excepcional, único, inimitable, mágico. Un vino de terciopelo que se queda para siempre en el paladar, eternizado en nuestra memoria gustativa.
Si los compatriotas que mandaron descorchar ese Petrus de 136 millones de bolívares viejos lo pagaron de su bolsillo, cosa que dudo, no hay problema alguno. Pero si lo pagaron del presupuesto nacional que nos corresponde a todos, merecen el paredón, no tanto por los reales derrochados, sino porque seguro no supieron apreciar lo que estaban haciendo.
¡Patria, Petrus o Muerte…
Beberemos!

martes, 5 de mayo de 2009

Un tributo al maestro

Foto tomada de lavozdigital.es


Ahora que tenemos sobre la lengua la misma pasta de la tierra,
puedo olvidar mi corazón y resistir las cucharas.

Antonio Gamoneda

viernes, 1 de mayo de 2009

Panes para el alma



Basta un trozo de pan como paisaje.
Como divisa, un trozo de pan basta.

Carlos Marzal

jueves, 30 de abril de 2009

Una hoja


Voy donde todo va,
donde naturalmente
va la hoja de la rosa
y la hoja de laurel.

Giacomo Leopardi

lunes, 27 de abril de 2009

Mark Strand, al caldero


En su libro Hopper, Mark Strand pretende corregir aquello que le parecen “interpretaciones inexactas propuestas por otros críticos” sobre la obra del magnífico pintor norteamericano. El poeta, que toma las más emblemáticas obras de Edward Hopper y las describe —¿escribe, reescribe?—, promete aproximaciones a una realidad que él mismo termina transgrediendo. Así, del cuadro Automat (1927) se atreve a sugerir que la escena ocurre en el limbo, que esta mujer es una ilusión: “si la mujer piensa en ella misma en este contexto, no es posible que sea feliz”.
¿Y si esta mujer viene de hacer el amor? ¿Y si acaba de degustar una hamburguesa y una merengada? ¿Y si la taza no es trofeo de soledades sino de pausas, paciencias y sosiego?
Una mujer sola en un café no siempre recuenta fatídicos gajos, no siempre espera ni sufre.
Prefiero la poesía de Mark Strand, su voluntad. Y este poema, que es una traducción fulgurante de nuestro Juan Sánchez Peláez:

Asado al caldero

Miro la carne

que está en rebanadas

sobre mi plato

y la voy cubriendo con

su propio jugo de zanahoria y cebolla.

Y por esta vez no me duele

el transcurrir del tiempo.

Sentado junto a una ventana

frente a

bloques de edificios

negros de hollín

no me preocupa no ver

ninguna cosa viviente,
ni un pájaro,
ni un ramaje en flor,

ni un alma que se mueva

en las habitaciones

detrás de los cristales oscuros.

En estos tiempos

donde hay poco

que amar o alabar

no es quizás exagerado

rendirse al poder de los alimentos.

Así, bajo la cabeza

y aspiro

el aroma que se levanta

de mi plato, y pienso

en la primera vez que probé
un asado
igual a éste.

Fue hace años
en Seabright, 
Nova Scottia;

mi madre se inclinó

para llenarme el plato

y cuando terminé

lo llenó de nuevo.

Recuerdo aún
el sabor de la salsa,

su olor a ajo y apio,

y que la chupaba
con trozos de pan.

Ahora la pruebo de nuevo.

La carne de la memoria,

la carne que no se altera.

Alzo el tenedor

para comer.

sábado, 25 de abril de 2009

Tom Jones burbujeante


Entre mis precoces fantasías infantiles siempre estuvo Tom Jones, ese apetecible Caballero de la Corona Británica, de probable sabor a pan con mantequilla. Yo soñaba que en vez de cantar “My my Delilah”, pronunciaba mi nombre. En estos días lo he recordado. Compré la quinta edición de la revista Vanity Fair en español —suerte de franquicia de la original estadounidense con toques de Hola ibérica, que de todas maneras me entretuvo con buenos artículos en las vísperas y durante un vuelo Caracas Maracaibo—. En la última página está el infaltable Cuestionario Proust apuntando al ya madurito Tom Jones. Cuando le preguntan cuáles son sus nombres preferidos, él responde, simplemente: “Dom y Pérignon”. Como la muy especial champaña el cantante sigue haciendo agua la  boca, fresquito, de especial cosecha.

viernes, 24 de abril de 2009

Toda boca...

Ernst Ludwig Kirchner

Se pregunta Hermann Broch en su muy compleja novela Los inocentes:

“¿En qué momento de la vida pierde una boca el don de comunicar felicidad? ¿En qué momento queda relegada a simple instrumento para comer, aunque el don de la palabra la siga ennobleciendo hasta el último escalón de la vejez?”.

Y yo, desde este viernes casi clausurado, dudo de esas bocas que todo lo probaron y vienen de vuelta; de aquellas que todo lo dijeron y desconocen el amargor  y el almíbar. Me pregunto, ¿de qué vale la palabra que no saborea, la boca que no lame ni besa?

“Soy toda boca”, escribió Sylvia Plath.

¿Y tú?

miércoles, 22 de abril de 2009

Nadie se salva, ni Amy Winehouse 
Los peligros de una pasta


Amy Winehouse siempre es noticia, incluso cuando intenta apartarse del mundo. Exiliada temporalmente en los paraísos caribeños de Santa Lucía, la cantante inglesa intentaba hacer una cena especial para unos amigos. La calistenia culinaria acabó cuando el agua en la que cocinaba una pasta cayó sobre su muslo izquierdo.  Al parecer más puede la fortaleza de su espíritu que las carnes quemadas. Amy se niega a ir al médico, sigue paseándose al sol, respirando los manjares del viento marino.

La prensa amarillista —que vive de las humanas torpezas de la cantante— se preocupa por sus supuestos instintos autodestructivos. Yo, más ingenua, me muero por saber qué pasta preparaba, que salsa tendría en el fogón, qué vino hace honor a su apellido.

Por lo pronto escucho su Rehab, que me encanta. Y esta versión es acústica (Youtube).

martes, 21 de abril de 2009

Por cuarta vez es el mejor chef del planeta
Venezuela en boca de Ferrán Adriá

El celebérrimo restaurante El Bulli, del catalán Ferran Adriá, fue elegido ayer lunes por cuarto año consecutivo como el mejor restaurante del planeta por la revista británica Restaurant, considerada por el propio Adriá equivalente a "los Oscar de la gastronomía mundial".

Hace pocos días, en una entrevista que le hiciera El Diario Montañés, de España, Adriá hablaba sobre humildad en la cocina y dejaba colar a Venezuela entre sus sabias palabras: “…en el momento que alguien piensa que lo sabe todo, en realidad está muerto. Haría falta una vida entera para conocer, por ejemplo, la cocina venezolana. Por eso no cabe más remedio que refugiarse en la humildad y asumir que trabajamos con un espectro imposible de abarcar”.

Bodegas Norton por fin en Venezuela

Halstrick: Un austriaco con acento argentino

Gracias al Complejo Licorero Ponche Crema y después de un año de ser esperados, arribaron a Venezuela los vinos producidos por Bodega Norton en la privilegiada zona argentina de Luján de Cuyo, en Medonza. Se trata de un catálogo de etiquetas de alta gama que incluyen caldos Reserva, Malbec DOC, varietales jóvenes, bivariteales, vino dulce de consecha tardía, el aromático Mil Rosas y una línea de espumantes.

La bodega fue fundada en 1895 por el ingeniero inglés Edmund J.P. Norton, un visionario que llegó a suramérica para participar en la construcción del ferrocarril que uniría Mendoza y Chile. Flechado por las alucinantes tierras del sur del río Mendoza, se quedó para siempre —murió en 1944— y allí sembró algunas de las primeras cepas francesas que llegaron al país. En 1989, el empresario austríaco Gernot Langes Swarovski —miembro de la legendaria familia que fabrica uno de los más exquisitos cristales del mundo— viajó a Argentina por recomendación de unos amigos y de inmediato sufrió la misma fascinación que Norton, por lo que apenas pudo adquirió la bodega.

Antes de iniciar sus inversiones en Argentina, Swarovski preguntó a su hijastro si deseaba encargarse del nuevo emporio y éste contestó enfático que lo haría de inmediato, pues quería formar su propio equipo y no ser visto como el “hijo del dueño”. Fue así como Michael W.J. Halstrick, un pujante banquero que había estudiado Administración de Negocios en Estados Unidos se mudó a Mendoza en 1991, donde aún vive con su esposa y sus dos hijas, atento al desempeño de todas las fases de la bodega.

Con cuarenta y cino años de edad, Halstrick aseguraba en una entrevista que le hice el año pasado para la revista Papa y Vino que su pasión por Argentina no se agota: “Es un país que quiero mucho y no tengo ninguna intención de moverme de acá. Casi puedo decir que soy más argentino que austriaco. Desde el principio hubo la decisión de que Norton no fuera una bodega perteneciente a grupo internacional o multinacional, sino que realmente tuviese una cabeza de familia que le diera el cariño que merece el negocio del vino”.

Norton tiene como lema “nos reconocemos como parte de la naturaleza”, por lo que asumen que en el proceso de hacer vino lo más importante es la uva, que no necesariamente debe proceder de un solo viñedo: “A través de los años hemos crecido mucho en superficie de viñedos. Los vinos de Norton provienen en un sesenta por ciento de nuestras tierras —tenemos setecientas cuarenta hectáreas plantadas—, y el otro cuarenta por ciento viene de proveedores que tienen sus propias fincas con quienes tenemos contratos a largo plazo y a los que damos asesoramiento técnico. Siempre me preguntan porqué no lo producimos todo. Es muy sencillo: tengo una filosofía que es ‘vivir y dejar vivir’. El vino es producto de una comunidad. Hay mucha gente y muchas relaciones detrás del vino, no estamos produciendo clavos. El vino sigue viviendo dentro de la botella, es como un ser humano”.

Halstrick tenía en el momento de la entrevista grandes expectativas con la llegada de Norton a Venezuela y no sólo porque los estudios de mercadeo orienten su optimismo: vivió un año en el país y dice conocerlo a profundidad. Además, alguna vez la familia tuvo una propiedad en Chichiriviche y hoy es dueña del Hato La Garza, una espectacular reserva ecológica situada en las sabanas de los llanos de Apure.

“Tomarme un vino Norton en Venezuela, que es un país que quiero tanto, va a ser muy especial para mi”, aseguró Michael W.J. Halstrick en sus predios mendocinos. No sé si vino a Venezuela para la presentación de estos días, puesto que no me invitaron. En todo caso, bienvenida sea la Bodega Norton. ¡Salud!